Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

viernes, 30 de julio de 2010

EL CABALLITO DE ALTÖTTING

Durante las últimas décadas del siglo XIV y las primeras del XV tuvo lugar en Europa un extraordinario desarrollo de las artes decorativas o suntuarias. Los cortesanos y reyes lograron atesorar pequeñas obras de orfebrería y objetos precio­sos, que acumularon en colecciones particulares muy ricas. El historiador del arte Hugh Honour incluyó este tipo de obras dentro del llamado Estilo Internacional, definiéndolo como un estilo cortesano en el que la creatividad del artista se puso al servicio de las casas dirigentes de Europa, y en el que se valoraba especialmente la elegancia de la línea, los colores dispuestos delicadamente y la nitidez de las formas. Uno de los ejemplos más perfectos de la orfebrería parisina de este período, por su valor material, por su refinada técnica y por la cantidad de figuras esmaltadas que la componen, es el Caballito de Altötting, conservado hasta el día de hoy en el Santua­rio de Altöt­ting, en Baviera. El nombre alemán de esta obra (Goldenes Rössl o «caballo de oro») proviene de la deliciosa y divertida estatuilla del caballo, que aparece en la parte baja de la estructura junto a un paje que le sujeta por la brida. En realidad se trata de una imagen de la Virgen María, que la reina Isabel de Baviera regaló a su esposo el rey Carlos VI de Francia, el día de año nuevo de 1404. Intercambiar ricos presentes el primer día de cada año era, más que una costumbre, un ritual muy arraigado en la corte francesa. Por esa razón, el monarca que recibió esta obra como regalo, aparece arrodillado frente a la Virgen, siguiendo la tipología habitual de donante.
La pieza tiene una altura de 62 cm y se conserva intacta, a pesar de que sufrió un conato de robo en 1921; sólo le falta un pequeño bastón que sostenía el paje del caballo. La composición se organiza en torno a una especie de estrado de plata sobredorada, apoyado en cuatro columnas góticas, al que se asciende por dos escalerillas situadas a los lados. Sobre el estrado, guarnecidos por un arco suntuosamente decorado con flores de oro, piedras preciosas (entre otras, cinco gruesos rubíes y cinco zafiros), más treinta y dos perlas engastadas, están la Virgen María y el Niño Jesús entronizados sobre una base decorada con flores de lis, símbolo de la monarquía francesa. La decoración floral del arco se inspira en el Cantar de los Cantares 4, 12-15, en el pasaje que dice:
«Un jardín cercado
es mi hermana, mi novia,
huerto cerrado y manantial bien guardado.
En ti hay un paraíso
con frutos exquisitos:
nardo y azafrán,
clavo de olor y canela,
con todos los árboles de incienso,
mirra y aloe,
con los mejores perfumes.»
Arriba, dos ángeles coronan a la Virgen (la corona tiene dos rubíes, un zafiro y dieciséis perlas), mientras el sol ilumina la escena. Y a los pies de María se identifican tres exquisitos personajes esmaltados en blanco: a la izquierda, San Juan Bautista con un cordero, y Santa Catalina de Alejan­dría, con un anillo, en referencia a su desposorio místico con el Niño Jesús; a la derecha, San Juan Evangelista con un cáliz y una serpiente, que aluden a su fallido intento de envenenamiento.
Delante de la escena mística está representado el rey Carlos VI en actitud orante, vestido con armadura, un manto azul tachonado de flores de lis y una diadema punteada de blanco en la cabeza. Esta última prenda era de uso corriente entre los caballeros nobles de aquella época, como puede verse en numerosas esculturas y manuscritos iluminados, y seguramente fue introducida en Francia por la propia reina Isabel de Baviera. Detrás del rey se distingue un animal que, en un inventario de la corte francesa de 1405, se identificaba como un tigre. Este animal era un emblema personal de Carlos VI, apodado El Temerario, y fue repetidamente utilizado en vajillas, vestidos, decoraciones y piezas de orfebrería. Al otro lado se encuentra un sirviente esmaltado de blanco y azul, que sostiene el yelmo del rey y lleva la cabeza descubierta en señal de sumisión. Entre medias de ambos aparece un atril con un libro abierto, que puede ser un libro de oraciones o un libro piadoso de glorifica­ción de la figura de la Virgen María.
El famoso caballito, en la parte inferior de toda la composición, lleva una silla de montar de paseo, no de batalla. Es difícil determinar su significa­ción dentro del conjunto, pero podría ser simplemente uno de los animales favoritos del rey, y no ser el tema más que una licencia trivial, lo cual era muy común en el Estilo Internacional. A este respecto, hay que admitir que toda la obra inspira una amabilidad, espontaneidad e inocencia maravillosas, polari­zada no sólo en el caballito sino también en el color blanco predominante. La imagen es de una ingenuidad tan humana, que la presencia tan cercana del donante a la divinidad queda perfectamente justificada.
La obra, por tanto, conecta fuertemente aspectos humanos y religiosos, y debe estar relacionada con algo tan sencillo como las relaciones conyugales entre el rey Carlos VI de Francia y la reina Isabel de Baviera. Algunos historiadores han apuntado, muy razonablemen­te, que la clave debe estar en la representación del desposorio místico de Santa Catalina con el Niño Jesús. Desde 1392, Carlos había comenzado a sufrir accesos transitorios de locura que le afectaron durante el resto de su vida, en el curso de los cuales llegó a experimentar una profunda aversión hacia su mujer. A pesar de las dificultades por las que atravesó el matrimo­nio real, en febrero de 1403 Isabel trajo al mundo al futuro príncipe Carlos VII. En consecuencia, la obra podría ser una pieza donada a la Virgen María en acción de gracias por la buena salud del rey y por el advenimiento de un heredero al trono, de tal forma que el desposorio místico haría alusión a la deseada felicidad del matrimonio real.

MÁS INFORMACIÓN:
http://www.unav.es/catedrapatrimonio/paginasinternas/conferencias/artesdecorativas/esmaltes/default.html
 

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