Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

domingo, 31 de octubre de 2010

SANTIAGO MATAMOROS

Este relieve románico, situado en una portada del crucero de la catedral de Santiago de Compostela, es una de las primeras representaciones artísticas que existen de este apóstol en la batalla de Clavijo. La veracidad de este suceso aún es objeto de debate entre los historiadores, al igual que la propia venida del santo a España y el hecho de que realmente pueda estar enterrado en el subsuelo de la catedral compostelana.
Los datos históricos que tenemos acerca de la figura del apóstol se reducen a los que aparecen en los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, algunos documentos y crónicas de época romana, y las noticias aportadas por los primeros historiadores de la Iglesia entre los siglos III y IV de nuestra era. De acuerdo con estas fuentes, Santiago nació en Betsaida, Galilea, era pescador del lago Tiberiades y hermano de otro apóstol, Juan, ambos hijos de Zebedeo. Fue llamado a la predicación por Jesús junto con otros pescadores del lugar como Pedro y Andrés (Mateo 4, 18-22), y formó parte del grupo de los doce discípulos que acompañaron al Mesías durante su Pasión (Mateo 10, 2-4). El propio Jesucristo, además, le puso el sobrenombre o apodo de «Boanerges», que significa Hijo del Trueno, probablemente debido a su fuerte carácter o a la potencia de su voz (Marcos 3, 16-20). En la cultura cristiana se le nombra repetidamente Santiago el Mayor, para diferenciarlo de otros dos Santiagos: otro apóstol, hijo de Alfeo, al que se le conoce como el Menor, y un primo de Jesús que algunos años después de la Pentecostés aparece citado como obispo de la comunidad de Jerusalén.
Santiago el Zebedeo ocupó, junto con Pedro y Juan un lugar de preeminencia en el grupo de los Doce, ya que a lo largo de los Evangelios aparece destacado al lado a Jesucristo en varios episodios: los tres están presentes en la Transfiguración de Jesús junto a Moisés y Elías (Mateo 17, l-l3); son los únicos a los que se les permite presenciar el milagro de la resurrección de la hija de Jairo (Marcos 5, 35-43); y le acompañan en la Oración en el Huerto de Getsemaní, aunque se quedaran dormidos por ello fueran reprendidos (Mateo 26, 37-46). Encontramos más noticias sobre el apóstol Santiago en los Hechos de los Apóstoles, las crónicas romanas y los escritos de los primeros historiadores de la Iglesia. Según estas fuentes, Santiago fue el primer mártir entre los cristianos porque fue decapitado en Jerusalén en torno al año 42, bajo el reinado de Herodes Agripa (Hechos 12, 1-3). Este martirio ha sido frecuentemente representado en el arte, como en este cuadro de 1571, pintado por Juan Fernández de Navarrete «El Mudo», que se conserva en el monasterio de El Escorial. En relación a la muerte de Santiago, el filósofo y teólogo Clemente de Alejandría añadió en torno al año 200, que Santiago fue enterrado en un lugar denominado Akaia Marmarica. Estos datos serían posteriormente corroborados por el obispo Eusebio de Cesárea en su Historia Eclesiástia del año 320, aunque sin precisar más sobre la localización exacta del lugar de enterramiento, que por su nombre podría hallarse próximo al mar de Mármara en Turquía, o en la región Marmárica junto a la Península del Sinaí.
Entonces ¿cómo apareció Santiago en España? La primera referencia al respecto viene dada en un escrito piadoso de autor anónimo, salido a la luz en Bizancio en el siglo VII, el Breviarium Apostolorum. En este documento se recogieron varios relatos apócrifos con la intención de configurar una especie de geografía de la evangelización, y justificar así la autoridad de unas sedes eclesiásticas sobre otras, por la razón de que hubieran sido fundadas por un apóstol directo de Cristo. Allí es donde se afirmó por primera vez que Santiago el Mayor estuvo en España. Esta afirmación coincidía con otra vertida en un manuscrito ligeramente anterior, atribuido a San Isidoro de Sevilla, que se titula De vita et obitu sanctorum utriusque Testamenti. En cualquier caso, la idea de que Santiago vino a España es bastante posterior a su muerte, y desde luego, históricamente incompatible con la realidad. Es posible que San Pablo sí estuviera predicando aquí, porque de hecho él mismo lo anuncia en algunos de sus escritos, como la Carta a los Romanos, y además existen referencias posteriores que lo confirman; pero Santiago no. Por otra parte, la difusión del cristianismo en nuestro país se desarrolló al margen de la predicación apostólica. Fue iniciada a finales del siglo III mediante la progresiva conversión de los soldados romanos de la Legio VII, provenientes del norte de África y acuartelados estacionalmente en Hispania. A pesar de todo lo expuesto, lo cierto es que en el siglo VIII ya se había asentado plenamente la tradición de que Santiago estuvo en España. Faltaba encontrar una prueba tangible.
Casualmente, en el año 813 un eremita llamado Pelagio advirtió en el Bosque del Libredón, en la provincia de La Coruña, unos fenómenos lucernarios que consideró sobrenaturales. Inmediatamente se personó allí Teodomiro, obispo de Iria Plavia (Padrón), con el fin de comprobar la naturaleza de esos fenómenos. Al seguir las señales aparecidas en este campo de estrellas o campus stellae, Teodomiro descubrió un sepulcro tardorromano del siglo V que identificó sin ninguna duda como la tumba del apóstol Santiago el Mayor. Para corroborar la santidad del lugar y asegurarse la salvación eterna, Teodomiro se haría enterrar allí a su muerte. Y para dignificarlo adecuadamente, el rey Alfonso II el Casto lo puso en conocimiento del Papa y edificó un pequeño templo martirial que albergaba en su cabecera el mausoleo. Así pues, tanto la Iglesia como la monarquía astur-leonesa legitimaron el hallazgo, y todo el orbe cristiano lo dio por válido, siguiendo un proceso habitual durante la Edad Media, según el cual la difusión de un determinado culto se materializaba al cabo del tiempo a través de la invención de alguna reliquia. Para la mentalidad de la época, la tradición decía que Santiago había predicado en España, por tanto era lógico que más tarde o más temprano se encontraran sus reliquias.
Pero ¿cómo justificar la existencia de la tumba en España si las Sagradas Escrituras afirmaban que Santiago había sido decapitado en Palestina? La hagiografía cristiana tuvo que hacer un esfuerzo considerable para inventar una historia verídica que explicaba cómo el cuerpo del apóstol fue trasladado desde Palestina hasta Finisterre, en una barca empujada por ángeles, y cómo al llegar a Galicia fue recogido por unos discípulos que condujeron el cuerpo en una carreta de bueyes hasta el lugar indicado, donde finalmente lo encontró Teodomiro. Así se muestra en este díptico del siglo XV, pintado por Manuel Ximénez, que hoy se conserva en el Museo del Prado. La historia se propagó de manera oportuna y fue bien recogida en La leyenda dorada, una colección de vidas y milagros de los santos redactada por el dominico italiano Jacopo della Voragine, en 1260. Y así se ha mantenido hasta nuestros días, aunque primero el Papado, en el siglo XVII, y después algunos historiadores como Gregorio Mayans, en el siglo XVIII, lo pusieran en tela de juicio. En cualquier caso, la existencia de los restos de Santiago en Compostela fue fervorosamente aceptada por la fe popular y dio origen al extraordinario fenómeno de las peregrinaciones jacobeas, que atrajeron a millones de peregrinos durante toda la Edad Media. Este hecho convirtió a la monarquía astur-leonesa en una de las más prestigiosas de su época, hasta el punto de que el mismísimo Imperio de Carlomagno se apresuró a establecer relaciones diplomáticas con la Corte de Oviedo. Pero el hallazgo de las reliquias de un personaje tan significativo para la cultura cristiana como era uno de los apóstoles preferidos de Cristo, tuvo otras consecuencias.
Los reyes astures habían establecido en la Cornisa Cantábrica el último reducto de la resistencia cristiana frente a la invasión islámica, logrando la victoria en la famosa batalla de Convadonga, en el año 722. A partir de ese momento se consideraron sucesores del extinguido reino hispano-visigodo de Toledo, y asumieron como objetivo nacional la reconquista del territorio perdido a manos de los musulmanes, en palabras de la época, la restauración de la Salus Hispaniae. Semejante empresa adquirió una connotación simbólica de cruzada contra el infiel, por lo que se hacía necesario el apoyo divino, no sólo como fuente de inspiración y justificación ideológica sino también como elemento motivador. Por esta razón no debe sorprender que el apóstol Santiago se materializase físicamente en forma de reliquias, sino que incluso se apareciera combatiendo codo con codo junto a los soldados cristianos en la batalla de Clavijo, en el año 844. Según la leyenda, el rey Ramiro I de Asturias se encomendó a Santiago la noche antes de la batalla, dada su situación de clara inferioridad frente al ejército de Abderramán II. A la mañana siguiente, el propio apóstol se apareció montado sobre un brioso corcel blanco, arroyando a los moros sin piedad y conduciendo a los cristianos hacia la victoria. Éste fue el nacimiento del mito de Santiago Matamoros y del famoso lema o grito de guerra ‘’Santiago y cierra España’’, cuyo significado era que gracias a la intervención divina España cerraría por fin sus puertas a los infieles, expulsándolos de la Península. Y eso es lo que muestra el relieve de la catedral compostelana, ejecutado todavía en estilo románico a pesar de estar datado en el siglo XIII. El lenguaje plástico resulta quizás tosco y un tanto ingenuo, pero en este caso es evidente que la efectividad del mensaje se antepuso a la calidad estética, por las razones arriba explicadas.

MÁS INFORMACIÓN EN:
http://www.santopedia.com/santos/traslacion-de-santiago-apostol/

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