Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

miércoles, 19 de enero de 2011

LA ESTELA DE ATEGUA


La Estela de Ategua es una losa de piedra caliza esgrafiada, que mide 163 x 78 x 34 cm. Fue descubierta en 1968 y se conserva en el Museo de Córdoba. Los arqueólogos la relacionan con otros ejemplares de estelas funerarias, encontrados en la zona suroeste de la Península Ibérica, que pueden fecharse entre los siglos X y VIII a. C., es decir, entre la última fase de la Edad del Bronce y los inicios del legendario reino de Tartessos. Aunque la calidad artística de los grabados se limita a unos trazos torpes y esquemáticos, su interés estriba en que representan con gran claridad las características de una sociedad compleja y jerarquizada, capaz de sintetizar de manera eficiente su cultura y sus símbolos de identidad.
El grabado de la Estela de Ategua representa, en la parte superior, a un guerrero de gran tamaño, vestido con casco de cimera y una coraza, que el escultor consigue hacernos intuir mediante una sencilla decoración geométrica. Sin embargo, el personaje no aparece en actitud de combate ni sostiene ningún arma en sus manos. Por el contrario, las armas (una lanza, una espada, un escudo redondo) se disponen a su alrededor y el guerrero se muestra completamente estático, sin vida, con los brazos dispuestos a lo largo del cuerpo. Así pues, nos encontramos ante una escena de carácter funerario, típica de una estela, en la cual el difunto es representado simbólicamente como un héroe sobredimensionado, rodeado por su ajuar militar y algunos objetos personales, que algunos especialistas han identificado como un peine y un espejo.
El carácter de esta escena es confirmado por los elementos grabados en la parte inferior, que hacen referencia a un universo cultural complejo. En el centro de la estela, dividiendo las dos mitades, se vislumbra al mismo guerrero yacente sobre un lecho o una pira funeraria mientras otro personaje, a su izquierda, parece lamentarse apoyando la cabeza sobre uno de sus brazos. Debajo se distinguen dos animales cuadrúpedos, probablemente destinados a ser sacrificados en honor del difunto, y a continuación, un carro de dos ruedas dibujado con una perspectiva a vista de pájaro. Este elemento es claramente simbólico y representa el paso a la otra vida; por eso el difunto aparece nuevamente representado, a la derecha, subiéndose al carro con el fin de iniciar su viaje al Más Allá. En la base de toda la composición aparecen dos grupos de cuatro y de tres personas, bailando una danza funeraria, cogidos de la mano. El tamaño inferior y el tocado redondeado de las personas que forman el grupo de la izquierda, sugiere que se trata de mujeres, mientras que los del grupo de la derecha deben ser hombres, por su mayor tamaño. La razón de que en el grupo de hombres haya una figura menos puede ser precisamente que falta el guerrero fallecido.
La mayoría de los elementos figurados en la Estela de Ategua tienen fuertes concomitancias con la cultura griega arcaica. El estilo geométrico y la forma de representar el carro son claros indicios de ello, pero también el ceremonial funerario, basado en la quema del cuerpo en una pira, el sacrificio de animales y las danzas rituales. Esto hace pensar en la existencia de un rico intercambio cultural entre el sur de Iberia y los pueblos procedentes del Mar Egeo, que surgió a partir del establecimiento de relaciones políticas y comerciales entre ambos. De ello dio cuenta el historiador griego Heródoto (I, 163) al referir:
«Los focenses fueron los primeros griegos que emprendieron largas travesías por el mar. Ellos fueron los descubridores del Mar Adriático, del Mar Tirreno, de Iberia y de Tartessos. No navegaban en navíos redondos, sino en embarcaciones de cinco filas de remos. Llegados a Tartessos, se hicieron muy amigos del rey de los tartesios. Éste era Argantonio, quien reinó durante 80 años y vivió en total 120. Los focenses se hicieron tan amigos de este rey que les propuso abandonar Jonia y habitar en la zona de su territorio que quisieran. No logró convencerles, y entonces les dio dinero para rodear su ciudad con una muralla de la que protegerse frente a los persas.»

Este influjo recibido del exterior facilitó el desarrollo de una sociedad cada vez más poderosa desde el punto de vista político y económico. El reino de Tartessos se erigió así como la primera gran civilización de la Europa Occidental, y se expresó a través de una cultura cada vez más compleja y sofisticada. La Estela de Ategua es un testigo extraordinario de ese proceso de civilización. La posición dominante del guerrero alude a la existencia de una fuerte jerarquía social; sus armas hacen referencia a la importancia de la guerra como forma de salvaguardar el poder; la abundancia de su ajuar y la ornamentación de su coraza se explican por su riqueza económica; el carro representa un conjunto de creencias simbólicas centradas en la vida de ultratumba; y la danza funeraria se relaciona con elaborados rituales religiosos, en los que había una diferenciación por sexos, derivada posiblemente de una determinada distribución de los roles sociales. De esta lectura simbólica se pueden extraer conclusiones políticas, sociales, económicas, culturales, artísticas y religiosas, en definitiva, todo lo que conforma un sistema cultural altamente desarrollado.

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http://www.celtiberia.net/verlugar.asp?id=680


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