Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

viernes, 25 de febrero de 2011

EL RETABLO FINGIDO DE LA ERMITA DE SAN ISIDRO

Un retablo fingido es una decoración mural que imita en pintura, engañando mediante un «trampantojo», la estructura arquitectónica y el ornamento de un retablo, con sus cuerpos, calles, soportes y molduras. Desde el Renacimiento Italiano existen numerosos ejemplos de esta capacidad ilusionista ejecutada por los grandes maestros mediante la aplicación de la perspectiva, el claroscuro y el hiperrealismo: el famoso retablo de la Trinidad de Santa María Novella en Florencia, realizado por Masaccio en 1426; la capilla mayor de la iglesia de Santa María presso San Sátiro en Milán, diseñada por Bramante en 1482; o el retablo fingido por Sánchez Cotán en la sala de profundis de la Cartuja de Granada, en 1612. Durante el siglo XVII, el desarrollo de la «quadratura» o pintura de arquitecturas fingidas, permitió la decoración de muros y bóvedas con efectos absolutamente sorprendentes, propios de la escenografía y el arte barrocos. Y en los siglos XVIII y XIX, esta técnica se convirtió en un recurso barato y efectivo para ornamentar los interiores de iglesias, palacios y otros edificios.
La ermita de San Isidro Labrador, en Alcalá de Henares, es una modesta construcción de ladrillo y adobe cubierta con bóvedas de yeso, que data del año 1650. Su pobreza de materiales y el paso del tiempo la condujeron a una situación de profundo deterioro a finales del siglo XIX. Además, durante la Guerra de la Independen­cia contra los franceses, había sido utilizada como cuadra y el retablo mayor destruido. En 1885, la Hermandad de Labradores que custodiaba la ermita decidió enmendar esta situación y encargó al artista Manuel José de Laredo que redecorase la capilla mayor con una gran pintura mural, que hiciera las veces de retablo. Laredo fingió la continua­ción de la propia arquitectu­ra del edificio en un ábside semicircular abovedado, bajo el que se cobija un tabernáculo circular. El efecto perspectivo está tan logrado como la imitación de materiales nobles (mármoles, jaspes y bronce dorado), o el empleo de la luz, dirigida ilusoriamente desde la ventana alta de la derecha, creando sombras que aumentan la sensación de volumen real.
El tabernáculo central está directamente inspirado en el que diseñó el arquitecto Ventura Rodríguez hacia 1750 para el templete de la Capilla de la Virgen del Pilar, en Zaragoza. Es una estructura circular formada por columnas de orden compuesto y fuste liso, jaspeado de rojo, mientras que basa y capitel imitan ser de bronce dorado. Está coronado por una cúpula de escamas verde oscuro, articulada por gruesos nervios que se unen radialmente hasta un anillo sobre el que se levanta un cupulín, rematado con una gran cruz. La cornisa de la media naranja adquiere relieve por medio de una majestuosa balaustra­da, como de piedra gris, decorada en sus esquinas con jarrones. En el centro, dos ángeles simulados de escultu­ra sostienen un medallón coronado y or­nado de guirnaldas, dentro del cual se ha figurado un anagrama con el Nombre de María. En los extremos, el cornisa­mien­to avanza en ángulo, marcando la frontali­dad de todo el conjunto.
Guarnecida bajo este tabernáculo se halla la imagen de la Virgen María sobre un pedestal poblado de nubes, y junto a ella, varios ángeles que le presentan palmas y flores. Esta representa­ción es una copia literal de la Inmaculada Concepción de Aranjuez, pintada por Murillo en torno a 1660. La dedicación del altar a la Inmaculada se justificó por las ordenanzas de la Hermandad de Labradores, que disponían que la «Limpia Concep­ción de Nuestra Señora» fuera una de las fiestas que debían celebrar los feligreses cada año. A ambos lados del tabernáculo hay otras dos figuras de santos con sus atributos característicos: a la derecha, San Antonio Abad con el cerdo, un báculo y un libro con la regla monástica, y a la izquier­da, Santa Bárbara con la palma del martirio y la torre. La explicación de este programa iconográfico se basa en que San Antón es el patrono de los animales domésticos, mientras que Santa Bárbara es considerada defensora contra las tormentas, lo cual tiene de nuevo una relación directa con las rutinas diarias de la Hermandad de Labradores.
En resumen, el retablo fingido de la ermita de San Isidro es una obra muy interesante, no tanto por su originalidad, como por el hecho de que a finales del siglo XIX continuaran haciéndose en España decoraciones murales como ésta. La estructura arquitec­tóni­ca unifocal adolece de cierta rigidez e incorrec­ción, y el pintor se vio en la tesitura de tener que conjugar un espectacular efecto esceno­gráfico, neo-barroco, con la estética académica imperante en aquel momento. Pero la sensación que ofrece el conjunto es ciertamente muy impactan­te, y seguro que debió colmar las aspira­ciones de todos los interesa­dos. Al Gremio de Labrado­res le propor­cionó una opción barata para la necesaria ornamenta­ción del altar mayor de su ermita. Y a Manuel Laredo le permitió contar con una gran superficie sobre la que poner en práctica sus capacidades técnicas y su erudición artística, con el fin de granjearse la admiración de sus convecinos. No en vano, en los años siguientes realizó retablos fingidos de similares características para otras tres iglesias de Alcalá de Henares. 

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