Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

jueves, 17 de marzo de 2011

EL RETABLO FINGIDO DE LA IGLESIA DE SAN ILDEFONSO

La iglesia de San Ildefonso de Toledo es uno de los templos más importantes de la Compañía de Jesús en España. Iniciada en la segunda mitad del siglo XVI, su construcción se prolongó durante más de 150 años y fue adquiriendo un estilo cada vez más barroco. Aunque la iglesia fue consagrada en 1718, a lo largo del siglo XVIII continuaron las obras con el objetivo de terminar la capilla mayor, la sacristía y el ochavo de las reliquias.
Entre todas estas obras la más importante fue seguramente la del retablo del altar mayor, que fue pintado como un «trampantojo» por los hermanos González Velázquez. Conocemos a los autores gracias a un asiento del Libro de Cuentas de la Compañía de Jesús, del año 1756, que se conserva en el Archivo Histórico Nacional y dice lo siguiente:

«Item 64.720 reales pagados a D. Luis y D. Alejandro Gonzales Belazquez vecinos de Madrid, los treinta mil reales en que se ajustó con los dichos la obra del tabernáculo, de madera talla escultura dorado jaspes etc. y los setecientos y veinte reales restantes pagados a Dn Juan Gonzales dorador de orden de dicho Dn Alejandro por el dorado que se añadió a las ocho columnas y quatro pilastras en las baquetas de los trastxeados de ellas.»

La cita nos revela que la decoración del altar combinaba labores de pintura, escultura y dorado. El resultado es un espectacular retablo de tres calles, pintado al fresco como si fuera de arquitectura, bajo una bóveda semicircular de casetones, también fingida. La calle central, más ancha, la ocupa un gran cuadro que invade parte del cuerpo superior. Represen­ta la Imposición de la Casulla a San Ildefonso, que es un tema muy típico de la diócesis de Toledo, y está perfectamente justificada por ser éste el santo titular del templo. San Ildefonso era un monje benedictino que acabó siendo nombrado arzobispo de Toledo en el año 657, por expreso deseo del rey visigodo Recesvinto. Es uno de los principales doctores de la Iglesia Española, destacando por sus escritos teológicos dedicados a defender la virginidad de María. Por esta razón, su representación iconográfica característica es la que muestra un milagro de la Virgen María, según el cual descendió de los cielos en persona para entregarle una casulla o ropa episcopal. En el cuadro de la iglesia toledana, que reproducimos aquí, la Virgen aparece a la izquierda en el acto de entregar la casulla a Ildefonso, mientras un grupo de ángeles músicos lo celebra desde la esquina superior derecha, envueltos en una gloria celestial muy dinámica.
El marco del cuadro es un relieve de estuco, que en ocasiones es sobrepasado por algunas de las figuras, pintadas sobre bastidores, lo que provoca un efecto muy teatral. Las calles laterales están delimitadas por dos columnas que parecen de jaspe verde, con capiteles de bronce, potentes cornisas y unos ángeles encima de ellas, que muestran tondos dibujados con anagramas alusivos a la Compañía de Jesús. En los intercolumnios están representados dos santos jesuitas: Ignacio de Loyola y Francisco de Borja, que actúan como intercesores entre la escenogra­fía de la que forman parte y el mensaje iconográfico de la imagen central. En el ático campea un gran medallón con la figura de San Ildefonso, ataviado como arzobispo, y alrededor se disponen varios ángeles pintados a grisalla sobre bastidores. Todo va rematado por un frontón triangu­lar combado y quebrado, flanqueado por columnas corintias a los lados.
Según los especialistas, la escena central y las figuras deben ser obra de Luis González Velázquez, que era un espléndido retratista, mientras que las arquitecturas fingidas probablemente fueron pintadas por Alejandro, que era Maestro de Perspectiva en la Real Academia de San Fernando. Estos dos artistas también diseñaron el tabernáculo de madera dorada situado a los pies del retablo, en el que se cobija una talla de la Crucifixión. Para aumentar la confusión entre lo que es verdad y lo que está fingido, este tabernáculo está desprendido del retablo pintado, a escasa distancia de su superficie. Con esta disposición se oculta en parte la visión del cuadro central, pero se logra un poderoso efecto ilusionista.
El mismo recurso decorativo ya había sido ensayado con éxito por los citados artistas en la ermita de La Soledad, en La Puebla de Montalbán (Toledo). Allí pintaron al fresco, en 1742, un tabernáculo de mármoles fingidos con profusión de molduras, guirnaldas, inscripciones y alegorías. La imagen, que incluimos aquí, resulta sorprendente, porque parece que el tabernáculo se encuentra bajo un camarín abovedado, que en realidad no existe, ya que la cabecera de la iglesia es completamente plana. De esta forma, los González Velázquez consiguen engañar al espectador, creando el efecto de que la propia arquitectura del edificio es continuada en un espacio imaginario.


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