Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

martes, 19 de julio de 2011

HEBE

En la mitología griega Hebe era la hija de Zeus y Hera. Se la consideraba la diosa de la juventud, hasta el punto de que los romanos la denominaron Iuventus y fomentaron la tradición de que los muchachos le ofrecieran una moneda en el templo cuando vestían por primera vez la toga de los adultos. Ciertamente se trataba de una joven bella y virtuosa, que personificaba la subordinación y la ayuda a los mayores en el hogar. Entre sus tareas estaba preparar el carro de Hera y danzar con las Horas y con las Musas al son de la lira de Apolo. Pero su principal función en el Olimpo era ejercer de copera de los dioses, sirviendo néctar y ambrosía durante los banquetes. En una ocasión fatal, Hebe tropezó accidentalmente y derramó el preciado contenido de su copa, por lo que fue castigada y apartada de su cargo. Para sustituirla, Zeus se convirtió en un águila y raptó al príncipe troyano Ganímedes, de quien estaba enamorado. A partir de entonces Ganímedes fue el nuevo copero de los dioses.
El tropiezo de Hebe simboliza la inconsciencia y el descuido propios de la juventud. Pero en clave mitológica significa algo mucho más profundo: el sentido de la falta o el pecado, que en lengua griega se explica con la palabra astoxía, cuyo significado literal es errar, fallar. Hebe no estuvo suficientemente acertada y erró en la tarea que le había ordenado Zeus. Derramar líquido no es una falta especialmente grave pero sí trastocar el orden establecido por los dioses y por eso Hebe fue castigada. En otras palabras, no estuvo a la altura. A pesar de todo, la historia no acaba en tragedia. Posteriormente Hebe se casó con Hércules, el gran héroe griego que fue deificado y juntos vivieron felices en el Olimpo. Este último episodio ejemplifica otro aspecto esencial en la mitología clásica: la necesidad de restablecer el orden de las cosas (cosmos en lengua griega). El pecado de Hebe había trastocado la armonía existente y como consecuencia de ello, la joven fue degradada. Pero en última instancia fue redimida mediante su matrimonio con Hércules, un semidios que ascendió a la inmortalidad por sus propios méritos. Al cruzarse sus destinos el orden cósmico es restablecido y las cosas vuelven a ser como deben.
El mito de Hebe posee implicaciones tan sugestivas que muchos artistas se han visto impulsados a representarlo, añadiendo nuevos matices. En la antigua Roma, por ejemplo, la diosa asumió una interesante connotación política al identificarse con la juventud del Estado, que siempre se renueva y vuelve a flnorecer. A finales del siglo XVIII se desarrolló una moda consistente en hacer los retratos femeninos como si fueran personificaciones de Hebe, con la expresa intención de alabar la juventud y la belleza de la dama retratada. Con el triunfo del Neoclasicismo, en el siglo XIX, las historias mitológicas relacionadas con esta diosa fueron muy representadas, especialmente aquéllas en las que se la muestra como copera de los dioses. Las dos esculturas que reproducimos aquí son seguramente las representaciones artísticas más famosas de Hebe.
La primera es obra de Antonio Canova y tuvo tal éxito en su momento que el artista italiano se vio obligado a hacer varias versiones de la misma: una se conserva en la Nationalgalerie de Berlín (1796), otra en el Hermitage de San Petersburgo (1800-1805), otra más en Chatsworth House, Inglaterra (1808-1814), y una última en la Pinacoteca Comunale de Forli (1817). En las distintas versiones cambia la nube de la base por un tronco de árbol, y un collar dorado que fue añadido en la estatua de Forli. Pero todas ellas tienen en común su estética neoclásica, que se manifiesta por medio de un acabado muy pulimentado de la superficie, un distanciamiento casi trascendente en el tratamiento del tema, y una intencionada frialdad en la representación. Algunos críticos censuraron la sonrisa de esta escultura de Canova porque decían que «hiela como el contacto con un muerto». Pero por otra parte, es un recurso eficaz para restarle dramatismo al accidente fatal, que sabemos está a punto de producirse. La postura de la figura sugiere a priori desequilibrio y movimiento, como si se hallara en mitad de una danza, pero está congelada en un instante preciso, justo antes de ese tropiezo de funestas consecuencias.
La segunda obra, realizada por el danés Bertel Thorvaldsen, también conoció dos versiones, una de 1806 y otra de 1816. Ambas se encuentran en el espléndido museo dedicado a este artista en Copenhague y muestran a una Hebe mucho más serena. En esta ocasión, la estética neoclásica se expresa no sólo en el aspecto formal sino sobre todo en la profundidad psicológica del personaje. Comparada con ésta, la figura de Canova parece la de una joven inconsciente y alocada. La Hebe de Thorvaldsen, sumisa y comedida, fija toda su atención en la copa para evitar el desastre, a pesar de lo cual no podrá hacer nada por impedirlo. Es el destino, la voluntad de los dioses o, de acuerdo con la mentalidad griega clásica, es sencillamente lo que tiene que ocurrir.


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