Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

lunes, 27 de junio de 2011

LA CRUZ DE CLONMACNOISE

El monasterio de Clonmacnoise (Cluain Mhic Nóis en gaélico) fue fundado en el año 548 por San Ciarán, en el centro geográfico de Irlanda. Es por tanto uno de los cenobios más antiguos y un testigo excepcional de los primeros tiempos del Cristianismo en la isla. Emplazado a orillas del río Shannon, su posición estratégica en mitad de las principales vías de comunicación del país contribuyó a que Clonmacnoise prosperase como un importante centro religioso, cultural, político y económico, que atrajo miles de peregrinos durante toda la Edad Media. No obstante, su desarrollo arquitectónico se parece más al de una pequeña ciudad que al de un monasterio al uso tradicional, porque fue habitado por un gran número de laicos que convivían con los monjes en el mismo recinto. Clonmacnoise estaba formado por un conjunto abigarrado de iglesias de modestas dimensiones, viviendas y otras dependencias, todas ellas construidas de madera y rodeadas por una sencilla cerca de barro. A partir del siglo X, las iglesias empezaron a construirse con piedra, lo mismo que algunos torreones de vigilancia y otros edificios que hoy constituyen los restos más importantes del conjunto. Desgraciadamente, su estado de conservación es muy precario porque fue repetidamente destruido por los vikingos, por los enemigos irlandeses y por los colonizadores ingleses.
Entre las construcciones más significativas que perviven de su época de mayor esplendor se encuentra la llamada «Cruz de las Escrituras», erigida alrededor del año 900. Se trata de una de las Cruces Celtas (High Crosses) mejor conservadas de Irlanda. Estas cruces fueron muy comunes durante la Alta Edad Media y constituyen uno de los emblemas característicos de Irlanda, porque aúnan el motivo celta del disco solar, en el centro, con el símbolo cristiano de la cruz latina. Su factura es en general tosca y simplificada, importando más la claridad del mensaje que su calidad artística, aunque desde luego se trate de obras excepcionales. La de Clonmacnoise es de piedra arenisca, mide casi cuatro metros de altura y está tallada en estilo prerrománico por todos sus lados, representando numerosas escenas bíblicas organizadas en paneles cuadrados. La forma, la simbología y la localización de estas cruces, distribuidas alrededor de los monasterios, han llevado a pensar que su función era la de proteger a los monjes frente a las tentaciones del demonio. Concretamente, la Cruz de las Escrituras se hallaba enfrente de la puerta occidental de la catedral o templo principal del monasterio. Las escenas representadas en esta cruz son las siguientes.
Empezamos primero por la cara principal, la que da al Este. En el crucero se encuentra Cristo en majestad presidiendo el Juicio Final. Está secundado a la izquierda por un ángel músico, detrás del cual vienen los justos, y a la derecha por una figura que da la espalda a Cristo y conduce a los pecadores hacia la condenación eterna. En el primer panel debajo del círculo central aparece un tema denominado «Traditio Clavium», que representa a Cristo en el acto de entregar las llaves a San Pedro y un libro a San Pablo, imponiéndoles así sus atributos característicos. Las dos últimas escenas del pilar son de tema secular y su interpretación es compleja. La más inferior muestra a un monje y a un guerrero sujetando un mástil, que según algunos historiadores puede representar al abad Colmán y al rey Flann, patrocinadores de esta cruz y de la catedral de Clonmacnoise. En la basa se muestra un cortejo formado por tres jinetes, probablemente los tres Reyes Magos, y dos carros cargados de pasajeros.

El ciclo de la cara Oeste está dedicado por entero a la Pasión de Cristo. En el crucero se muestra la Crucifixión, concretamente el momento en que Jesús es alanceado. A continuación aparecen, de arriba abajo, tres soldados repartiéndose las ropas de Cristo, la Flagelación y el Entierro de Cristo. En el panel inferior se distinguen restos muy borrados de la inscripción que citaba a los dos mecenas del monumento, y en la basa se piensa que puede estar la Resurrección, aunque su estado de conservación es muy precario para poder distinguirlo bien. Las caras Norte y Sur de la cruz también están labradas. La primera con escenas de la vida de San Pablo Ermitaño y San Antonio, además de algunos animales mitológicos que eran habituales en los bestiarios medievales, como grifos, leones y unicornios. La segunda con dos paneles de la historia de David y una escena de caza.
La iconografía de la Cruz, por tanto, resume la historia de la Salvación explicada en las Sagradas Escrituras, que comienza en el Antiguo Testamento, con la mención del reinado de David y se desarrolla con la Pasión de Cristo, para terminar con el Juicio Final, en el que la intercesión de los santos y la realización de obras de caridad como la construcción del monasterio de Clonmacnoise, son fundamentales para alcanzar la redención y la vida eterna.

MÁS INFORMACIÓN:
http://www.sacred-destinations.com/ireland/clonmacnoise

viernes, 3 de junio de 2011

EL NIÑO DE LA PEONZA


Esta encantadora obra de Jean Chardin es una de las mejores representaciones artísticas que se han hecho sobre el juego infantil. Se trata de un cuadro de medio tamaño pintado al óleo en 1738, que se encuentra en el Museo del Louvre de París y hasta hace pocos días hemos tenido la oportunidad de verlo aquí en Madrid, en una exposición en el Museo del Prado. Es el retrato de Auguste-Gabriel, el hijo menor de un importante joyero llamado Charles Godefroy. La posibilidad de que un miembro de la burguesía encargase una obra de arte a un pintor de renombre, así como el elegante vestuario del niño, compuesto de camisa, chaleco, casaca y peluca, son un claro indicativo de los cambios sociales que se estaban produciendo en Francia en la primera mitad del XVIII, y que concluirían a finales de siglo con la disolución del orden estamental.
El cuadro muestra al muchacho en un momento de relax, absorto en la contemplación de una peonza que gira encima de la mesa. En esta mesa se distingue, en segundo plano, un par de libros, un rollo de papel, una pluma y un tintero. En la parte delantera sobresale una tiza de un cajón entreabierto en el que seguramente se amontonan otros elementos de escritorio. El fondo del cuadro es neutro, aunque está ligeramente animado por una serie de líneas verticales que confieren quietud y estabilidad a la composición. Lo cierto es que la pintura guarda un perfecto equilibro: el elemento más destacado por la iluminación es el rostro del niño, a la derecha, sabiamente contrapesado por la pluma y el rollo de papel blancos, a la izquierda.
La interrelación entre el juguete y los libros encima de la mesa supone una referencia clara a la dualidad entre el ocio y el trabajo, o en este caso concreto, las obligaciones escolares. El acceso a la educación no era una posibilidad real para todas las capas sociales aunque fue uno de los grandes anhelos del Siglo de las Luces, como se manifiesta en la obra de Rousseau y otros filósofos ilustrados. Así que los libros y el material escolar muestran inequívocamente que Auguste-Gabriel podía estudiar y que su familia se preocupaba de ello, participando de las novedades intelectuales de la época. Pero, por otra parte, es sólo un niño y el juego es la actividad más característica de la infancia. Así que la imagen le representa en un momento de descanso, jugando con la peonza después de terminar sus deberes. Aún con todo, el muchacho está observando el movimiento de la peonza con una actitud profundamente analítica, como si se tratase de un pequeño científico que se encuentra estudiando las leyes de la dinámica. El juego y la educación quedan entonces profundamente interconectados.
Desde el punto de vista de la antropología, el juego está relacionado con las necesidades físicas, psíquicas y espirituales de cada sociedad y puede tener diversas funciones: entrenamiento de habilidades, expresión de aspectos de la cultura, representación simbólica, medio de relajación y evasión, o simple actividad de ocio para el tiempo libre. Las teorías culturalistas, postuladas por Huizinga y Caillois, remarcan la importancia del juego como transmisor de patrones culturales, tradiciones y costumbres, percepciones sociales, valores y hábitos de conducta. Otros autores como Vygotski y Elkonin, consideran que el juego es un recurso que facilita el conocimiento e inserción del niño en el medio sociocultural, facilitando su dominio progresivo de los objetos y espacios del entorno. Todo esto se muestra en la imagen de Chardin, en el que el niño está aprendiendo mediante una actividad lúdica que se desarrolla precisamente en un entorno educativo.
Volviendo a la peonza, que para mí es el elemento protagonista del cuadro, conviene destacar su presencia como una de las representaciones de juguetes más explícitas en toda la Historia del Arte. Pinon ha estudiado la evolución histórica del juguete y la ha clasificado en tres grandes etapas: una primera etapa en la que los juguetes eran elaborados manualmente por los propios niños o por sus padres, a partir de materiales sencillos; una segunda etapa, que coincide con la Edad Moderna, en la que los juguetes eran manufacturados y comercializados a pequeña escala por artesanos especializados; y una última etapa, a partir del siglo XX, en la que los juguetes son fabricados industrialmente y destinados al consumo de masas. La peonza de nuestro cuadro es un juguete típico de la segunda etapa, construido de forma más o menos rudimentaria pero con un valor de pieza única que favorece una conexión emotiva muy intensa entre el jugador y el juguete. Hay que pensar que este tipo de juguetes eran escasos y en ocasiones eran probablemente los únicos de que disponía un niño para toda su infancia.
La forma en que Auguste-Gabriel Godefroy está mirando a su juguete denota una maravillosa emotividad contenida. Es una preciosa mezcla de orgullo por la posesión de la peonza, como si fuera un pequeño tesoro, y también de autoestima por su propia destreza a la hora de hacerla girar. En definitiva, el artista ha logrado representar un instante congelado en el tiempo, en el que tanto el niño como nosotros, los espectadores, nos encontramos contemplando el sutil balanceo de la peonza. Una actividad, en apariencia, superflua y banal pero cargada de enorme significación para la mente y los sentimientos de un niño.


MÁS INFORMACIÓN:
http://cartelfr.louvre.fr/cartelfr/visite?srv=car_not_frame&idNotice=10854