Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

domingo, 28 de abril de 2013

ALEGORÍA DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA

Las Revoluciones Liberales de los siglos XVIII y XIX aceleraron la disolución definitiva del Antiguo Régimen y establecieron las bases de los Estados democráticos contemporáneos. Estas revoluciones encontraron un poderoso aliado en otros movimientos de carácter cultural, como el Romanticismo y los nacionalismos, que ayudaron a fraguar el concepto de Estado-nación implantado en la mayoría de los países de Europa.
Entre los objetivos políticos de las nuevas repúblicas o monarquías parlamentarias estuvo por encima de todos la creación de una serie de instituciones de gobierno que facilitasen su consolidación. También el establecimiento de una burocracia organizada y una administración económica eficaz, el desarrollo de mecanismos de control de la población, la configuración de unas fronteras bien definidas y el fomento de alianzas ventajosas con otros países, para garantizar la seguridad y el progreso de la nación. Pero tan importante como todo lo anterior fue la promoción de una determinada imagen del nuevo Estado mediante la creación de símbolos de identidad nacional, como la bandera, el escudo, el himno y otros elementos que favoreciesen la cohesión social y el sentido de pertenencia.
Es curioso comprobar cómo en el proceso de producción de estos símbolos, los gobiernos a menudo se inspiraron en emblemas tradicionales, tomados de modelos iconográficos bien conocidos, tanto por los artistas como por el gran público, durante las épocas históricas precedentes. Un claro ejemplo de ello es esta alegoría de la proclamación de la Primera República Española, aparecida en la revista humorística La Flaca, en el año 1873. Este semanario era de tendencia política liberal, anticarlista, republicana y federal, y fue publicado en Barcelona entre los años 1869 y 1876, es decir, durante el llamado Sexenio Democrático. La libertad de prensa disfrutada en aquel período permitió el desarrollo de este tipo de revistas satíricas, que se vendían no sólo en España sino también en sus territorios de ultramar e incluso en Francia o Italia. A pesar de ello, La Flaca estuvo muy vigilada por la censura y fue suspendida en varias ocasiones, debiendo publicarse de manera clandestina bajo encabezados diferentes.
El autor de la imagen que nos ocupa es el dibujante catalán Tomás Padró Pedret. Fue el autor de la totalidad de las ilustraciones que aparecían en La Flaca, donde firmaba con el seudónimo AºWº, como puede comprobarse en la esquina inferior derecha del pedestal sobre el que se eleva la alegoría. Padró Pedret diseñó una representación de carácter emblemático, fácilmente comprensible por la inclusión de símbolos tradicionales ya conocidos y la introducción de otros elementos contemporáneos directamente tomados del contexto histórico y social del Liberalismo.
La figura principal es una mujer joven, alada, tocada con un gorro frigio y vestida con una túnica roja que deja un pecho al descubierto. Su mano derecha se apoya en una lápida con una inscripción que dice «LEY. RF», mientras que su mano izquierda sostiene una balanza. Una mujer vestida con una túnica roja, al estilo de una matrona romana, era una imagen habitual para representar a España en las pinturas alegóricas del Renacimiento y del Barroco. El detalle del pecho descubierto se relaciona con la práctica de alimentar a sus pobladores, considerados como hijos de la patria. Las alas son un símbolo de la victoria tomado de la escultura clásica, al igual que las hojas de laurel que asoman por encima de su cabeza. La balanza es un símbolo tradicional de la Justicia que se le presupone a cualquier poder político.
Las novedades iconográficas se centran en el gorro frigio y en las tablas de la Ley. El gorro frigio es una especie de caperuza de forma cónica pero con la punta curvada, normalmente confeccionado con lana o fieltro. Aunque sus orígenes están en el Mundo Clásico, constituye un símbolo de la libertad, de la razón y del republicanismo que fue muy  difundido durante la Revolución Francesa. El gorro frigio era utilizado por muchos masones y revolucionarios, y precisamente por ello fue incorporado a la imagen de Marianne, una mujer que personificaba a la República Francesa y que seguro sirvió de modelo de inspiración a la alegoría de nuestra República Española. En cuando a las tablas de la ley, hacen referencia a la Constitución de la República Federal («RF»), que no pasó de ser un proyecto de ley, ya que un golpe de Estado perpetrado por el general Pavía impidió su aprobación en julio de 1873. A pesar de ello, suponen un claro alegato en defensa del poder legislativo en cualquier sistema democrático.
Otros símbolos que aparecen desperdigados alrededor de la figura están directamente relacionados con el contexto histórico de la época. Destacan dos elementos de inspiración francesa. El primero es el gallo que hay a los pies de la mujer, que es símbolo de vigilancia, del despertar a una nueva era y de combatividad (aunque a los monárquicos recalcitrantes les sirvió para hacer el chiste fácil de que la República era más puta que las gallinas). El segundo es el triángulo grabado detrás, que recoge los tres principios de la Revolución Francesa (Libertad, Igualdad, Fraternidad). Además, aparecen numerosas referencias a las actividades económicas como vehículo para lograr el progreso de la nación. A la izquierda, un haz de trigo, verduras, frutos, una hoz y una colmena alusivos a la agricultura. A la derecha, el caduceo de Mercurio y varios mástiles de barcos en referencia a la importancia del comercio, junto con otros símbolos relacionados con las artes, las letras y las ciencias, como un globo terráqueo, una cámara fotográfica, un libro, un busto escultórico y una paleta de pintor.
En el paisaje del fondo aparece un labrador arando el campo con sus bueyes, otra vez una mención a la agricultura, un poste de telégrafo y varias chimeneas de fábrica, referidos a la industria, y al otro lado la bocana de un puerto, para señalar la importancia de la navegación. En resumen, todos ellos elementos y circunstancias que pretenden augurar un futuro próspero y feliz al nuevo régimen político. Por ello no sorprende que esta positiva imagen de España acabara siendo conocida como «La Niña Bonita». Fue como el anuncio de que se iniciaba una nueva era, surgida a raíz de la abdicación del rey Amadeo de Saboya, el 11 de febrero de 1873, precisamente la fecha que aparece grabada en el pedestal. Con la desaparición de la monarquía la soberanía pasaba a residir exclusivamente en la nación y el pueblo se convertía en dueño de su propio destino. Esto es lo que parece indicar el recurso efectista del arco iris atravesando el cielo, transmutado en la bandera de España.
La imagen de España como La Niña Bonita alcanzó tanto éxito que fue reeditada años después como emblema de la Segunda República (1931) aunque de manera más recatada, pues la figura femenina se cubrió por completo con una túnica blanca bastante puritana. Además se sintetizó el mensaje, aligerando el aparato iconográfico e introduciendo pequeñas variantes como la bandera tricolor o el león (que sustituyó al gallo para evitar el chiste). Paradójicamente, tanto el morado de la bandera como el león son símbolos tradicionalmente monárquicos: el primero es el color del pendón de la Corona de Castilla mientras que el león está asociado desde antiguo a la nobleza y a los reyes. Para evitar la confusión, la propaganda republicana se esforzó por dotarlos de un nuevo significado acorde con su ideario, interpretando el morado con el color utilizado por los Comuneros del siglo XVI y el león como símbolo de la fuerza del pueblo español, o de la Ley, ambos representados en las Cortes.


miércoles, 3 de abril de 2013

FERNANDO VI PROTECTOR DE LAS ARTES


Este retrato del rey Fernando VI de España es una obra del pintor navarro Antonio González Ruiz. Fue pintado en 1754 y se conserva en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. González Ruiz trabajó al servicio de Fernando VI y de Carlos III, durante un período histórico que se caracteriza por la transición del Barroco al Neoclasicismo en el arte español. Formado en Madrid, en el taller de Michel-Ange Houasse, completó su formación viajando por Francia e Italia entre 1732 y 1737. En 1739 logró la categoría de Pintor del Rey y desde 1744 formó parte de la Junta Preparatoria para la fundación de la Academia de San Fernando, de la que fue primero director de la sección de Pintura y a partir de 1769 director general.
El cuadro que analizamos hoy puede interpretarse como un retrato ensalzador de las virtudes  de Fernando VI (en la línea de los «retratos de aparato»)  o como una alusión más o menos directa a la fundación de la Academia madrileña. Muestra al monarca en el centro de la composición rodeado por varias figuras alegóricas. El rey parece haberse levantado del trono situado a su izquierda, y viste coraza y manto de armiño, atributos propios de su condición, lo mismo que la corona sobre el orbe que se vislumbra al fondo a la izquierda. En el suelo aparecen varias piezas sueltas de una armadura, que indican su intención de apartarse de la guerra y favorecer la paz. Un pequeño amorcillo está dormido en la esquina inferior izquierda, recostado sobre un yelmo, como representando el descanso de las armas.
Ese detalle está relacionado con el caduceo que le presenta la figura femenina de la derecha, vestida con una túnica blanca y un manto rosa. Esta figura es una alegoría de la Paz y el caduceo es un símbolo de la concordia. El acto de ofrecer el caduceo al rey está relacionado con el movimiento de Mercurio, el heraldo de los dioses que recibió esta vara de manos de Apolo, con el fin de hacer llegar los mensajes positivos y facilitar la buena comunicación entre todos los seres. Detrás de la Paz se asoma la figura de la Prosperidad revestida de azul, coronada de flores y portando una cornucopia o cuerno de la abundancia, como prueba de los beneficios derivados de las decisiones pacíficas del rey (quien por cierto señala a la mujer con la mano). Finalmente, arriba al fondo aparece entre las nubes un ángel divino que lleva una rama de olivo y una trompeta. El olivo refuerza la iconografía de la paz y la trompeta es el instrumento anunciador de las acciones del monarca, que le otorgarán justa fama.
Sin ser una persona especialmente hábil ni capaz, Fernando VI se destacó por haber promovido uno de los gobiernos más tranquilos y prósperos del siglo XVIII español. Con la ayuda de su ministro el Marqués de la Ensenada, facilitó el saneamiento de la Hacienda Pública, desarrolló los primeros catastros, luchó contra el inmovilismo de las propiedades amortizadas, potenció la fisiocracia para mejorar el rendimiento de la agricultura y fundó reales fábricas para la producción de manufacturas. Pero sin duda una de sus mayores contribuciones fue la creación de la Academia de San Fernando el 12 de abril de 1752, para desarrollar el estudio de las disciplinas artísticas y normativizar los criterios estéticos, que pronto quedarían mediatizados por el «buen gusto» neoclásico.
Este último aspecto aparece representado en el cuadro mediante el pequeño genio con alas de mariposa que se encuentra entre el rey y la alegoría de la Paz. El niño sostiene un lápiz en una mano y en la otra un pliego de papel con un plano dibujado en él. Otros papeles, una paleta de pintor, varios pinceles y un busto escultórico se desperdigan a sus pies. La entrañable figura de este niño recuerda de esta forma el mecenazgo cultural de Fernando VI, que apenas dos años antes de que fuera pintado el cuadro había eclosionado en la fundación de la Academia de San Fernando.