Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

jueves, 26 de septiembre de 2013

LAS MEDALLAS DEL ALMIRANTE VERNON

En torno al año 1740 Inglaterra acuñó una extensa serie de medallas conmemorativas para honrar al Almirante de la flota británica en el Caribe Edward Vernon. La fabricación de estas medallas fue realizada de forma prematura, confiando en una  presunta victoria sobre los españoles que en realidad no se produjo. Más bien todo lo contrario, la verdad de los hechos confirmó la debacle más absoluta de la armada inglesa en toda su historia, y corroboraron aquello de que no se debe vender la piel del oso antes de cazarlo. Tras el fiasco, la mayoría de estas medallas fueron retiradas de la circulación y destruidas. Sin embargo, muchas han pervivido como un flagrante ejercicio de propaganda y manipulación política, fundamentada en el falseamiento de la realidad. Tanto es así, que aún hoy la mayoría de los ingleses ignora por completo el auténtico desenlace de aquellos episodios.
Las medallas fueron realizadas con distintos metales y tamaños, representando escenas diversas aunque todas relacionadas con los asaltos de la armada inglesa a las colonias españolas del Mar Caribe. El numismático David S. Plowman ha catalogado un abundante número de ejemplares de hasta 270 tipos diferentes. En general, siguen la iconografía característica de las medallas conmemorativas de hechos militares, que tienen su origen en el Imperio Romano, concretamente en tiempos de Augusto. Desde el final de la Edad Media y en el Renacimiento se retomó el interés por la medallística, aunque con un carácter privado, y artistas de renombre como Pisanello esculpieron efigies y emblemas individualizados. A partir del siglo XVI, la acuñación en serie permitió fabricar grandes cantidades de medallas, como las que reproducimos aquí, que proceden todas de colecciones privadas.
La primera de ellas figura de forma bastante tosca al Almirante Vernon, ataviado como un general del siglo XVIII en actitud de dirigir al ejército, con una espada en la mano derecha y un bastón de mando en la izquierda. A sus pies aparece un pequeño cañón y a la izquierda un buque de guerra que flota sobre lo que se supone el mar. La representación es bastante incorrecta, tanto en la postura como en el tamaño de los elementos, y apenas incluye referencias espaciales (tan sólo el pavimento del suelo sobre el que se apoya el general). Desde el punto de vista iconográfico tiene como único objetivo mostrar el retrato y los atributos del almirante, dignificándole con ayuda de la leyenda inscrita en la cenefa exterior, que dice: «THE BRITISH GLORY REVIV·D BY ADMIRAL VERNON».
La segunda medalla es probablemente una de las mejores de toda la serie. El almirante aparece de nuevo en el centro de la composición pero su pose y algunos detalles de su vestimenta están mejor conseguidos. Las referencias espaciales son más abundantes aunque con alguna equivocación como la del barco que parece subirse al muelle, a los pies de Vernon, así como la falta de separación entre el mar surcado por buques a la derecha y la tierra plantada de árboles a la izquierda. Más interesante sin duda es la inclusión de edificios al fondo, que representan la fortaleza española de Cartagena de Indias, supuestamente conquistada por el general entre 1740 y 1741. La leyenda de la cenefa del borde hace referencia al gesto de Vernon, contemplando la ciudad antes del asalto con la intención de analizar sus defensas: «ADMIRAL VERNON VEIWING THE TOWN OF CARTHAGANA».
De la última medalla publicamos el anverso y el reverso. En el anverso aparece el Almirante Vernon de pie, tomándole la espada a un personaje arrodillado ante él, en señal de sumisión. Este personaje está identificado con un letrero como Don Blass, y es en realidad Blas de Lezo, el defensor de la ciudad de Cartagena de Indias. La leyenda circundante enfatiza la idea de la rendición: «THE SPANISH PRIDE PULL·D DOWN BY ADMIRAL VERNON». En el reverso se ve representado el sitio de Cartagena, con la flota inglesa intentando penetrar en aquella bahía colombiana y Don Blass protegiendo su embocadura con una barrera dispuesta entre dos elevados castillos. La línea del horizonte está formada por un nutrido conjunto de torres y edificios que hacen referencia a la propia ciudad. Y la leyenda que bordea toda la composición alude otra vez a la supuesta conquista británica: «TRUE BRITISH HEROES TOOK CARTHAGENA. APRIL 1741».


Históricamente, estos hechos se encuadran en el contexto de rivalidad entre España e Inglaterra por el dominio de los mares durante el siglo XVIII. Inglaterra pretendía adquirir posesiones territoriales en Centroamérica por su necesidad de facilitar el tráfico de barcos británicos, el contrabando de mercancías y la piratería contra los españoles. La guerra abierta contra España se inició con un incidente de lo más curioso, ocurrido unos años atrás, que sirvió para dar nombre a la misma: la Guerra de la Oreja de Jenkins. Sucedió que el guardacostas español Julio León Fandiño apresó el buque del contrabandista inglés Robert Jenkins en Florida. El guardacostas castigó a Jenkins cortándole una oreja y diciéndole: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». El caso es que Jenkins recogió su oreja, la metió en un tarro con alcohol y la mostró en el parlamento de Londres cuando relató el suceso. La frase de Fandiño fue considerada una ofensa al rey, y se convirtió en la excusa para declarar la guerra a España e intentar adueñarse de algunas de sus colonias en el Mar Caribe.  
El almirante británico Edward Vernon obtuvo su primer éxito a finales de 1739, al conquistar la fortaleza de Portobello, en el istmo de Panamá. Convencido de su superioridad, decidió asestar un golpe definitivo sitiando la fortaleza colombiana de Cartagena de Indias, que entonces era el puerto comercial y el depósito de tesoros más importante de Centroamérica. Con este fin dispuso una formidable flota de 186 barcos, armada con 2.000 cañones y más de 27.000 hombres, que salió de Jamaica y fondeó frente a las costas de Cartagena el 4 de marzo de 1741. La flota era probablemente la más grande jamás reunida en la historia de la navegación (superaba en más de 60 buques a la Armada Invencible), mientras que las defensas españolas se reducían a 6 navíos de línea, 300 cañones y 3.500 hombres, dirigidos por el Almirante Blas de Lezo y el Virrey Sebastián de Eslava. A pesar de su superioridad, los ingleses no lograron tomar la ciudad, ni por mar primero, ni por tierra después, ni por la insistencia constante de sus cañones. Continuaron bombardeando durante un mes, hasta el 20 de mayo, pero el cólera, la malaria y el escorbuto provocaron una mortalidad espantosa. La bahía entera quedó plagada de cientos de cadáveres ingleses flotando. Sus bajas ascendieron a 18.000 hombres muertos o incapacitados y más de 1.000 cañones destruidos, quedando la flota británica casi desmantelada. La historia no volvería a ver una batalla anfibia de tal magnitud hasta el Desembarco de Normandía, dos siglos después.
Antes de retirarse, Vernon escribió a Blas de Lezo diciéndole lo siguiente: «Hemos decidido retirarnos pero regresaremos a Cartagena después de buscar refuerzos en Jamaica». A lo que Lezo, que por cierto era tuerto, manco y con una pata de palo, le respondió con ironía: «Para venir a Cartagena el rey de Inglaterra debe construir otra flota mejor y más grande, porque ésta ya solo sirve para transportar carbón desde Irlanda hasta Londres». En fin, las escaramuzas entre los españoles y los ingleses se prolongaron durante varios años, transformándose en un episodio más de la Guerra de Sucesión Austriaca, y tuvieron como consecuencia el fortalecimiento del poderío marítimo español en los mares que perduró hasta la batalla de Trafalgar.
El resultado del asalto a Cartagena fue intencionadamente minimizado en Gran Bretaña. Por orden del rey Jorge II la batalla fue silenciada por la historiografía, incluso se prohibió hablar de ella en público. El objetivo era hacer olvidar la humillación de una derrota tan espectacular. A pesar de ello, el desastre provocó un fuerte descontento popular y acabó forzando la dimisión del ministro Robert Walpole en 1742. Moraleja: por muchos esfuerzos que se hagan para manipular o tergiversar la historia, los hechos son los que son y hay que aprender a mirarlos con objetividad.

lunes, 2 de septiembre de 2013

LOS BRONCES DE SANCTI PETRI

En el Museo de Cádiz se conservan varias estatuillas de bronce procedentes del islote de Sancti Petri, que el profesor Antonio Blanco Freijeiro identificó como fenicias, datándolas en el siglo VII a. C. En Sancti Petri subsisten los restos arqueológicos de uno de los santuarios religiosos más célebres del mundo antiguo, fundado en honor del dios Melkart. La fama de este santuario era enorme, tanto por su situación geográfica en el entorno de las Columnas de Hércules, como por la importancia del culto recibido, según atestiguan las fuentes literarias, en particular de Estrabón, Eratóstenes y Artemidoro.
Melkart era la forma fenicia del dios Baal y fue adorado especialmente en la ciudad de Tiro. Era el bienhechor de los campos, de las tareas agrícolas, de la vegetación y de la fecundidad, por lo que su liturgia estaba asociada a los cambios de las estaciones e incluía ritos cíclicos de muerte y resurrección. Los tirios lo adoptaron como divinidad protectora y guía en sus viajes de exploración por el Mediterráneo, de forma que fue difundido como dios de la navegación, de las colonizaciones fenicias y de los efectos positivos de la civilización sobre los pueblos bárbaros. En ese contexto hay que entender la fundación del santuario de Sancti Petri en Cádiz, es decir, en el confín del mundo conocido en la Antigüedad.
Melkart fue posteriormente adoptado por los griegos, que lo asimilaron a Herakles, y también por los romanos, que lo identificaron con Hércules. Estos dos pueblos protegieron el templo gaditano y fomentaron los mitos relacionados con las Columnas de Hércules. El Herákleion de Sancti Petri alcanzó su máximo esplendor durante la dominación romana, sobre todo bajo el gobierno de los emperadores hispanos Trajano y Adriano. Todavía entonces el ceremonial religioso que acogía era de profundas raíces fenicias y llamaba la atención por ser muy diferente del que era habitual en el resto del mundo grecorromano. Lamentablemente el santuario fue destruido en el año 1146 por los almorávides, que construyeron sobre sus ruinas un pequeño castillo.
Las estatuillas de bronce que reproducimos aquí fueron halladas bajo el mar y proceden probablemente de una favissa o pozo sagrado del santuario. En este tipo de depósitos se alojaban diversos objetos de culto que habían dejado de utilizarse o estaban deteriorados, pero que aún mantenían su carácter divino. Miden alrededor de 30 cm de altura y todas conservan bajo los pies sendos pivotes, que permitían ajustarlas con firmeza a sus correspondientes pedestales para ser exhibidas en el templo, sin tener que sostenerlas en la mano. Según Blanco Freijeiro, dichos pedestales solían llevar el nombre del dios respectivo, como se ve en la escultura de Astarté de El Carambolo de Sevilla, y a veces también el del donante que había pagado la obra.
Iconográficamente, las estatuillas representan diferentes atribuciones de Melkart y muestran las influencias culturales recibidas por el arte fenicio, sobre todo del Antiguo Egipto. Por ejemplo, la figura de la izquierda muestra claramente esta influencia. Su postura es hierática, con la mirada fija en el horizonte, los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, los puños cerrados y el pie adelantado en actitud de caminar, igual que en las estatuas monumentales de los faraones. La adopción del modelo estilístico egipcio en esta estatuilla de Sancti Petri es similar a la que se desarrolló sobre los kuroi de la escultura griega arcaica. Abundando en el detalle, el dios aparece ataviado con una tiara idéntica a la corona del Alto Egipto, lo que le confiere el aspecto de un sumo sacerdote pero también de rey (la raíz fenicia de Melkart, «melk», significa rey).
En definitiva, se trata de un conjunto de obras de arte de extraordinario valor para conocer de primera mano los efectos de la colonización fenicia y los ricos trasvases culturales experimentados durante el primer milenio a. C. en el sur de la Península Ibérica. La ocasión de admirar estas raras estatuillas de influencia egipcia vale por sí sola la visita al Museo de Cádiz.
Sin embargo, las ocasiones se coartan cuando el museo ha cerrado en horario de tarde durante todo el mes de agosto de 2013, precisamente en temporada alta de turismo, por orden de la Junta de Andalucía. No me queda más remedio que aprovechar este blog para denunciar las nefastas consecuencias de la política de recortes económicos de todas las administraciones públicas, que derrochan el dinero en multitud de actividades y cosas inútiles, amén de los numerosos casos de corrupción que cada día salen a la luz, y en cambio no son capaces de mantener la necesaria financiación a aquellos programas e instituciones que trabajan por la difusión de la cultura. Cerrar un museo en verano sin tener en cuenta la opinión en contra de los turistas, de los expertos y de los propios trabajadores del museo, es tan absurdo como ineficaz y constituye un claro síntoma de la ineptitud, la cortedad de miras y la falta de criterio de los políticos que desgraciadamente siguen gobernando este país. Pero además es una forma ruin e intolerable de privar al pueblo de la capacidad de disfrutar del patrimonio, de un patrimonio que es del pueblo y no de los políticos. 


MÁS INFORMACIÓN: