Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

miércoles, 26 de marzo de 2014

LA CONVERSIÓN DE RECAREDO

La Conversión de Recaredo es un gran cuadro realizado por Antonio Muñoz Degrain en 1888. Mide 3,5 x 5,5 m y se conserva en el edificio del Senado, en Madrid. El valenciano Muñoz Degrain se formó en la Academia de Roma y recibió numerosos premios en las Exposiciones Nacionales de Pintura de finales del siglo XIX. Dedicado mayormente al paisaje, también destacó en la llamada «pintura de historia», muy característica de aquel período. Sus obras Otelo y Desdémona (1881), Los amantes de Teruel (1884) o esta que reproducimos aquí son buenos ejemplos de este género singular, que pretendía rememorar y con frecuencia exaltar los grandes acontecimientos y personajes de la historia y la literatura.
En este caso el hecho representado aconteció en realidad el 8 de mayo del año 589, durante el III Concilio de Toledo celebrado en la basílica de Santa Leocadia. Así lo refiere una inscripción incluida en la base de la plataforma dorada sobre la que se desarrolla la escena principal. En ella el rey Recaredo jura solemnemente su adhesión al catolicismo, adjurando del arrianismo que hasta entonces había sido la religión oficial del reino visigodo. Según la teatralizada visión del pintor, el juramento es realizado sobre las Sagradas Escrituras, colocadas en el centro de la composición, bajo la atenta mirada de la reina Badda (junto al monarca) y el arzobispo San Leandro (en el extremo izquierdo, coronado por un nimbo). A la derecha, un grupo de nobles presentan ofrendas de oro, mirra y agua mientras que otros personajes de la corte se asoman desde una tribuna trasera.
El historiador del arte Carlos Reyero explica que es una obra extraordinariamente audaz desde el punto de vista formal. La técnica pictórica es pastosa y el colorido exuberante e imaginativo, especialmente en los brocados de las telas y en los brillos de los metales y las joyas, que resplandecen de manera fantástica como resultado de osados efectos de luz. Un aspecto interesante es el esfuerzo de reconstrucción arqueológica del escenario, justificado por el propio artista porque «todo asunto histórico exige […] un estudio detenido, no sólo de la historia política y social, sino también de las costumbres, la indumentaria, la manera de ser y los detalles más nimios». A pesar del esfuerzo, el resultado es una mezcla bastante ecléctica de arquitectura paleocristiana y mosaicos bizantinos, ornamentada con las coronas votivas del tesoro visigodo de Guarrazar.


Históricamente, el III Concilio de Toledo fue el primero organizado con carácter general para todas las provincias de la España visigoda. Los concilios eran reuniones de representantes de la Iglesia, que eran convocados por la monarquía para deliberar sobre asuntos teológicos, litúrgicos y de disciplina eclesiástica pero también sobre otros de interés común, como la aprobación de tributos. Su periodicidad era bastante irregular y dependían de circunstancias muy diversas, como el acceso al trono de un nuevo rey que pedía el apoyo del poder religioso para confirmar su legitimidad. De hecho, los reyes visigodos participaron activamente en muchas sesiones de los concilios, en las que entregaban a los obispos un «tomus regius» o agenda de los temas que deseaban que se tratasen. Al término de cada concilio, que duraba varios días, se revisaban cuidadosamente las actas donde se recogían los principales acuerdos. Éstas eran firmadas por todos los obispos y los magnates («seniores gothorum»), y finalmente sancionadas por el rey, lo que otorgaba a aquellos acuerdos fuerza legal en el plano civil.
El compromiso más importante surgido del III Concilio de Toledo fue la imposición del catolicismo como religión oficial del reino visigodo. Esta decisión, inspirada por San Leandro, tuvo como objetivo la unificación religiosa de la Península Ibérica, que hasta entonces se dividía entre católicos y arrianos, lo que había provocado dos graves problemas: primero la escisión social existente entre la élite visigoda (arriana) y la gran mayoría de la población hispanorromana (católica); y segundo la aparición de frecuentes conflictos, como la rebelión liderada por el hermano de Recaredo, el católico Hermenegildo, contra su padre Leovigildo en el invierno de 579-580. Así pues, la conversión de la nobleza goda, con Recaredo a la cabeza, estuvo motivada por el deseo de restablecer la paz y de acercar al grueso de la población hispanorromana a sus gobernantes visigodos. Son menos claras otras razones personales que pudieron mover a Recaredo a tomar tal decisión, aunque el Papa San Gregorio Magno insinuó que fue por seguir el ejemplo de Hermenegildo.
El cuadro de Muñoz Degrain ofrece una visión solemne y glorificadora de aquel acontecimiento, muy del gusto de la pintura de historia del siglo XIX. La Conversión de Recaredo fue un encargo oficial destinado a decorar el Salón de Conferencias del Palacio del Senado. El tema pretendía subrayar la importancia de la unificación religiosa llevada a cabo por el rey visigodo, que según la historiografía decimonónica se interpretaba como la primera muestra de la unidad de España. Por esta razón fue acogido con grandes alabanzas, hasta el punto de que los senadores acordaron pagar al pintor el doble de lo que habían acordado previamente. 

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