Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

miércoles, 29 de octubre de 2014

EL PROGRESO AMERICANO



Este cuadro, de mediocre factura técnica pero fuertes connotaciones simbólicas, se titula El Progreso Americano y fue realizado alrededor de 1872 por el pintor alemán John Gast. Es una representación alegórica del denominado Destino Manifiesto de la nueva nación estadounidense, consistente en su expansión territorial desde el Atlántico hasta llegar a la costa del Pacífico. En la escena, una gigantesca mujer blanca, rubia, vestida con una volátil túnica inflada por el viento, se dirige desde un puerto hacia el interior del continente, secundada por carretas, diligencias, trenes y grupos de pioneros, mientras los indios y los animales salvajes huyen despavoridos.
La mujer ha sido frecuentemente identificada como Columbia, una personificación femenina de los Estados Unidos cuyo nombre viene a significar la «Tierra de Cristóbal Colón». El nombre de Columbia fue utilizado por primera vez en 1738, en el semanario de debates del Parlamento Británico, y pudo haber sido acuñado por el escritor inglés Samuel Johnson. Columbia se encuentra en mitad de la composición, viniendo desde la zona iluminada del cuadro, lo que parece indicar que trae consigo la luz de la civilización; lleva un libro, que hace referencia a la expansión de la cultura occidental, y va tendiendo un cable telegráfico a medida que avanza hacia la zona izquierda del cuadro, la cual permanece aún apagada por una oscuridad tormentosa. El mensaje es simple y unívoco: la colonización blanca permite el progreso económico y sociocultural del Oeste americano, iluminando los negros nubarrones de la ignorancia y la incivilización.
La llamada Conquista del Oeste tuvo su origen en la Doctrina Monroe («América para los americanos»), promulgada por primera vez por el presidente James Monroe, en 1823. Respondía al Destino Manifiesto de adueñarse del interior del continente norteamericano, lo cual fue justificado por la clase política y asumida con extraordinaria ilusión por el pueblo norteamericano. Este movimiento colonizador simbolizó el triunfo del individualismo y de la democracia, fundamentado en la búsqueda igualitaria de oportunidades para obtener la prosperidad, aunque fuera a costa de exterminar a los indios nativos.
Los pioneros tuvieron que luchar solos para salir adelante frente a las adversidades, y esa inquebrantable iniciativa coadyuvó a la formación del carácter propio del hombre y la nacionalidad norteamericanos. Diversos autores han apuntado al mito de la frontera, como elemento catalizador de esta loca carrera hacia el Oeste, porque los colonizadores se autoimpusieron la tarea de atravesar ríos, praderas, montañas, desiertos, etc., en busca de una meta que no encontraron hasta que alcanzaron la costa del Pacífico, en California. Sus motivaciones fueron muy variadas: búsqueda de nuevas tierras para el desarrollo de la ganadería, establecimiento de granjas y haciendas para la explotación agrícola, prospección de metales preciosos (sobre todo a partir de la Fiebre del Oro generada en California y Alaska en 1848), etc. Todo ello fue facilitado por la construcción del ferrocarril, que en 1869 consiguió conectar la costa Atlántica con la del Pacífico, mediante el primer tren transcontinental, el Union Central Pacific. Así lo describía el pensador francés Alexis de Tocqueville a mediados del siglo XIX.
 
«Trece millones de europeos civilizados se extienden tranquilamente por desiertos fértiles, de los cuales ellos mismos desconocen los recursos y la extensión de un modo exacto. Tres o cuatro mil soldados empujan delante de ellos la raza errante de los indígenas, y detrás de los hombres armados avanzan leñadores que rompen las selvas, espantan las fieras, exploran el curso de los ríos y preparan la marcha triunfante de la civilización a través de aquellos desiertos.
Por lo general, se figura la gente que los desiertos de América se pueblan con los emigrados europeos que todos los años arriban al Nuevo Mundo, al paso que la población americana crece y se multiplica en el territorio que ocuparon sus padres, lo cual es una gran equivocación […] Son los propios americanos quienes abandonan con frecuencia el lugar de su nacimiento y van a crearse vastas posesiones a lo lejos. Así es que el europeo deja su cabaña para ir a habitar en las riberas trasatlánticas, y el americano, que ha nacido en estas mismas riberas, se interna en las soledades de la América Central. Este doble movimiento de emigración no se detiene nunca […] millones de hombres marchan a la vez hacia el mismo punto del horizonte; su lengua, su religión, sus costumbres difieren, su fin es común. Se les ha dicho que la fortuna se hallaría en cualquier punto hacia el Oeste, y se les rendiría […]
Así, pues, el emigrado de Europa siempre arriba allí a un país a medio habitar, en donde faltan brazos para la industria; se hace un obrero acomodado; su hijo va a buscar suerte en un país vacío, y llega a ser un propietario rico. El primero amontona el capital que hace valer el segundo, y no existe casi la indigencia ni entre los extranjeros ni entre los naturales.»

La expansión hacia el interior se inició pocos años después del nacimiento de los Estados Unidos como nación, y tuvo un doble carácter. En unos casos fue planificada desde el gobierno federal y ejecutada por medio de distintos tipos de acciones, que fueron desde la compra de territorios hasta la anexión imperialista de áreas que pertenecían a otras naciones, como México. En otros casos se debió más bien a la iniciativa privada, que fue presionando al gobierno para que liberalizara la adquisición de tierras y expulsara de ellas a los indios, con el fin de hacer posible su ocupación. Como consecuencia de ello, la población indígena fue diezmada a lo largo del siglo XIX, y hasta cuarenta millones de búfalos fueron sacrificados para consumir sus pieles y su carne. La pérdida de estos animales, que constituía un recurso económico fundamental para los indios de las llanuras, fue un duro golpe para su supervivencia.
A pesar de estos aspectos profundamente negativos, la Conquista del Oeste fue uno de los factores decisivos que contribuyó al fortalecimiento de la nueva nación. Igualmente ayudó a cicatrizar las heridas de la Guerra de Secesión (1861-1865). El rápido desarrollo de sus industrias, la colonización de extensos territorios y la llegada incesante de oleadas de inmigrantes europeos constituyeron motivos para distraer la atención del resentimiento acumulado tras la contienda bélica. El papel de estos inmigrantes, ajenos a lo ocurrido pocos años atrás, no ha sido todavía suficientemente valorado como intermediarios inconscientes entre los enemigos de la misma nación. La Conquista del oeste sirvió así, en última instancia, y después de mucho sacrificio, para estrechar lazos entre los Estados de la Unión, diluyendo las diferencias que antes los separaban y ayudando a la consolidación de la nación americana. 

 

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