Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

lunes, 13 de octubre de 2014

VISTAS DE ÁVILA Y TOLEDO EN EL SIGLO XVI

Anton Van den Wyngaerde, castellanizado como Antonio de las Viñas, fue un pintor topógrafo especializado en la representación de ciudades y batallas, que trabajó al servicio del rey Felipe II. En 1561 fue requerido para ir a España para “pintar la descripción de algunos de essos pueblos principales”. Este encargo se justifica por el mecenazgo artístico  de Felipe II, así como por su afición a la geografía heredada de su padre Carlos I, pero también porque se planteó con el objetivo de hacer una especie de atlas ilustrado con grabados de las posesiones de la monarquía hispánica. Según Richard L. Kagan, esta empresa debió tener una intención política: «es probable que pretendiera que los dibujos de Van den Wyngaerde glorificaran su monarquía ilustrando el número, tamaño y magnificencia de las ciudades españolas», al igual que hicieron otros gobernantes de su época.
Para llevar a cabo su misión, el artista de Amberes emprendió una serie de rutas de exploración por los alrededores de la Corte (1562-1563), los reinos de Aragón y Valencia (1563), La Alcarria (1565), Andalucía (1564-1567) y Castilla (1565-1570). Durante estos viajes, Wyngaerde realizó apuntes y bocetos elaborados ad vivum, es decir, tomados del natural. A partir de estos bocetos desarrollaba dibujos más complejos, con minuciosidad fidedigna y profusión de detalles, así como cuadros de gran tamaño para decorar las paredes de los palacios reales de Madrid. Los dibujos definitivos fueron enviados a Amberes para ser grabados a gran escala en el taller de Christophe Plantin, pero finalmente no fueron publicados y hoy están repartidas entre el Victoria and Albert Museum de Londres, el Ashmolean Museum de Oxford y la National Bibliothek de Viena. Es fácil encontrar muchas de las vistas de Wyngaerde en internet.
Técnicamente, los dibujos están trazados a lápiz o pluma, y en algunos casos coloreados con acuarelas. En la mayoría hay escritos signos y letras, incluso una leyenda completa, que identifican el nombre de la ciudad y señalan los lugares más significativos. Con el fin de conseguir el deseado efecto de verosimilitud topográfica, Wyngaerde representaba las ciudades desde un punto de vista elevado. Para ello se situaba sobre colinas o se subía a alguna torre de las cercanías con el fin de poder tomar apuntes del natural. Cuando no existían puntos elevados, el artista tenía que hacer numerosos bocetos y apuntes parciales de la ciudad, que luego eran posteriormente reintegrados en una única vista de conjunto mediante la aplicación de perspectivas imaginarias. 
Las vistas de Antonio de las Viñas tienen un enorme valor para el estudio de las principales ciudades españolas del siglo XVI. No sólo constituyen un documento gráfico de gran precisión, sino que también nos permiten inferir sus características y los cambios urbanísticos que experimentaron entre la Edad Media y la Edad Moderna. Además, son especialmente útiles para conocer la historia de nuestro patrimonio arquitectónico, porque hay muchos edificios que hoy han desaparecido y conocemos sólo a través de estos dibujos.


Las ciudades representadas son en general amuralladas, con una morfología irregular heredada de la Edad Media. Las dos imágenes que reproducimos aquí, procedentes de la National Bibliothek de Viena, son buenos exponentes de ello. La primera corresponde a la ciudad de Ávila, que entonces tenía unos 16.000 habitantes dedicados, en su mayor parte, a las manufacturas textiles. La vista que dibujó Wyngaerde en 1570 está tomada desde el Oeste, en las inmediaciones del cerro de San Mateo. En ella se distingue la línea rectangular de la muralla, el puente romano sobre el río Adaja, en perfecto estado de conservación, y el perfil de la catedral elevado al fondo. El caserío es heterogéneo y está fuertemente apelmazado, constreñido por la muralla; las calles son estrechas y se desarrollan formando curvas desiguales, codos y ángulos agudos, entre los que parece haber callejones sin salida. Por otra parte, las relaciones de jerarquía son bastante notables a la hora de diferenciar los usos del suelo. A la izquierda de la vista, en lo que es el ángulo Noroeste de la ciudad, hay porciones de suelo abandonado y sin edificar que dejan diáfano el espacio entre el caserío y la línea de muralla; en cambio, en el ángulo opuesto, al Sudeste, varias casas nobles destacan por su altura y se permiten el privilegio de adosarse a la muralla, como la del Marqués de las Navas o la Torre de los Guzmanes. Más a la derecha, extramuros, se aprecia el desarrollo de un nuevo barrio en torno al monasterio de Santo Tomás, que había sido fundado por los Reyes Católicos en los últimos años del siglo XV.
Por su parte, la vista de Toledo, dibujada en 1563, ofrece algunos matices interesantes desde el punto de vista arquitectónico y urbanístico. Está tomada desde el camino de Madrid, el cual  desemboca frontalmente sobre la línea de la muralla, con la Puerta Bisagra en el centro de la composición. La ciudad, que entonces superaba los 55.000 habitantes, está emplazada sobre una peña rodeada por el río Tajo, que asoma por ambos extremos. El caserío se superpone apretadamente, con pocos espacios intermedios, y sólo se singularizan aquellos edificios emblemáticos que destacan en altura, como el Alcázar, la torre de la Catedral, la torre de la iglesia de San Román, el palacio de Don Diego de Vargas y el monasterio de San Juan de los Reyes, entre otros.


Llama la atención que algunos de estos edificios, como el Alcázar, la casa de Vargas y el monasterio de San Agustín son de estilo renacentista, lo que les diferencia claramente con respecto al conjunto urbano medieval. Esto mismo sucede en el área suburbana del primer plano, que había sido ordenada a partir de 1541 según los modernos principios de amplitud y diafanidad, en contraste con la inaccesibilidad medieval del Puente de Alcántara, vigilado por el Castillo de San Servando a la izquierda de la imagen. En el área moderna se vislumbran calles más amplias y rectas, así como espacios abiertos, y el renacentista Hospital Tavera ocupando una posición destacada frente a la vieja ciudad amurallada, cuya entrada principal había sido recientemente magnificada por la Puerta de Bisagra Nueva. Todo un signo de los cambios urbanos que se estaban produciendo en la España del siglo XVI.

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