Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

miércoles, 28 de octubre de 2015

EL REY EDGAR DE INGLATERRA

Esta miniatura preciosamente coloreada pertenece a un documento medieval conocido como la New Minster Charter (Carta de la Nueva Iglesia), manuscrito en el año 966, que se conserva en la British Library. Representa al rey de Inglaterra Edgar el Pacífico (943-975) secundado por la Virgen María y San Pedro Apóstol, en el trance de presentar simbólicamente ante Cristo el mencionado documento. Se trata de una de las obras cumbres de la pintura anglosajona y constituye además una importante fuente para el conocimiento histórico de aquel período.
A diferencia de otros países europeos, el establecimiento del Cristianismo como religión oficial en Gran Bretaña fue bastante tardío. Las creencias paganas y las supersticiones traídas por los invasores bárbaros al final del Imperio Romano fueron secundadas de forma mayoritaria por la población, y luego hubieron de coexistir con la mitología escandinava impuesta por los vikingos en gran parte del territorio. Una fecha fundamental es el año 597, cuando tuvo lugar una misión pastoral dirigida por San Agustín de Canterbury y otros cuarenta monjes benedictinos, enviados por el Papa Gregorio. Su celo consiguió la conversión del rey Ethelbert de Kent, luego canonizado como San Adalberto, así como la fundación de un importante monasterio en Canterbury, que acabaría convirtiéndose en la catedral primada de Inglaterra. La extensión de las misiones evangelizadoras, y la creación de nuevos monasterios, dio lugar a que en el siglo VIII los principales reinos anglosajones fueran definitivamente cristianizados. Poco después, el poder político se alió con la estructura eclesiástica, con la intención de legitimar su poder, dotar a la monarquía de una imaginería simbólica y favorecer la unificación política de Inglaterra. A ello contribuyó una conveniente organización de las diócesis y la labor difusora de la cultura desarrollada por los monasterios.
La obra que vemos aquí debe interpretarse precisamente en ese contexto. Una vez asentado en el trono y consolidada la unidad de Inglaterra, Edgar mandó llamar a San Dunstan del exilio al que le habían condenado sus predecesores; le nombró sucesivamente obispo de Londres y arzobispo de Canterbury y se asoció con él para impulsar una importante reforma religiosa conducente a imponer la regla de San Benito en los monasterios. Esta reforma fue plasmada en la citada New Minster Charter. El documento fue lujosamente manuscrito con oro y publicado en forma de libro, en vez de presentarse en un pergamino común, como era lo habitual para los documentos legislativos de aquella época.
La imagen, en particular, conmemora la introducción de la norma benedictina en la abadía de Winchester en el año 964. Ocupa una página completa al principio del libro y está ricamente decorada por una cenefa de pan de oro con motivos vegetales pintados en rojo, azul, verde y blanco. En el centro de la escena inferior aparece el rey Edgar alzando los brazos al cielo, en actitud de ofrecer la citada carta de reforma, que sostiene en la mano izquierda. El destinatario es Cristo, que se muestra en la escena superior, encerrado en una mandorla mística sostenida por cuatro ángeles vestidos de blanco y oro. Cristo sostiene en una mano las Sagradas Escrituras mientras que con la otra indica su condición de pantocrátor (juez todopoderoso). La presencia de la Virgen María y San Pedro, a los lados del monarca, se explica por su condición de intercesores ante la divinidad, pero también por ser los santos patronos del monasterio de Winchester.
Aunque efectivamente esta iconografía es un elocuente testimonio de la poderosa alianza entre el trono y el altar durante la Alta Edad Media en Inglaterra, debe apuntarse un matiz importante. En la página siguiente del libro hay un breve texto que explicita con claridad la relación entre el poder político y el poder religioso: «Así, Aquél que estableció las estrellas se sienta en un trono elevado. El rey Edgar, postrándose y venerándole, le adora». La imagen, por tanto, ilustra la importancia del patronazgo real a favor de la religión, pero también señala el límite de su poder, pues no deja de ser un simple mortal. Es sintomático que sea el único personaje que lleve corona pero no esté santificado por un nimbo alrededor de su cabeza, como todos los demás.
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