Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

lunes, 30 de noviembre de 2015

CARLOS I ESTUARDO EN EL PARLAMENTO DE LONDRES


Esta imagen titulada El intento de arresto de los Cinco Miembros del Parlamento es una curiosa pintura realizada sobre cristal por Charles West Cope en la Época Victoriana, concretamente en 1866. Forma parte de la decoración de uno de los corredores del Palacio del Parlamento en Westminster (Londres) y pertenece al género de la pintura de historia, por cuanto pretende representar un hecho real sucedido el 4 de enero de 1642. En la tarde de aquel día, el rey Carlos I Estuardo irrumpió en la Cámara de los Comunes con un acta de detención contra cinco miembros destacados del parlamento, a saber, John Pym, John Hampden, Denzil Holles, William Strode y Sir Arthur Hesilrige.
La acusación era de alta traición a la corona, y se basaba en una propuesta de ley que aquellos representantes habían elevado unos días antes, para transferir el control del ejército nacional a la asamblea. Con anterioridad, otras disposiciones habían anulado la capacidad del rey para introducir nuevos impuestos, habían abolido la censura y habían ampliado los poderes de las corporaciones municipales. Todo ello colmó la paciencia de Carlos I, que además era muy celoso de su autoridad y no quería desprenderse de determinadas prerrogativas de su cargo, como la dirección de las fuerzas armadas. Por otra parte, estaba convencido de que una facción del parlamento había apoyado a los escoceses a invadir Inglaterra durante la reciente Guerra de los Obispos, y que además estaban promoviendo revueltas contra la monarquía. Sea como fuera, el conflicto era una clara demostración de las diferencias políticas existentes en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XVII, entre los partidarios del absolutismo y los que pretendían un gobierno democrático sustentado en la soberanía parlamentaria.
La pintura muestra al rey a la derecha, a punto de sentarse en el sillón del presidente de la Cámara de los Comunes, que se arrodilla ante él. Mientras tanto, los demás representantes le observan asombrados, algunos con evidentes gestos de rechazo. Que un monarca ocupara el asiento principal del parlamento era un hecho sin precedentes en la historia política de Inglaterra. La costumbre era que el rey sólo entrara en la Cámara de los Lores, nunca en la de los Comunes, y desde luego estaba completamente fuera de lugar que utilizase el sillón presidencial como un trono. El suceso, por tanto, fue interpretado como una intromisión absolutamente indeseable y un quebrantamiento de los privilegios parlamentarios. Para más inri, los cinco acusados de alta traición escaparon poco antes de la llegada del rey, así que lo que Carlos había planificado como una estrategia de afirmación de su autoridad, produjo justamente el efecto contrario, su propio descrédito. El monarca fue obligado a abandonar el parlamento entre gritos de «¡Privilegio, privilegio!», las protestas antimonárquicas se propagaron por la ciudad y al día siguiente, los cinco acusados regresaron triunfalmente a Westminster.
Lo sucedido aquel día es considerado por los historiadores el punto de partida de la Guerra Civil Inglesa, que se desarrolló entre 1642 y 1648. Por supuesto influyó también el carácter autoritario de Carlos I, que ya había disuelto antes el parlamento en varias ocasiones con el objetivo de reinar de manera absoluta y sin oposición. La alta nobleza y la iglesia secundaron el proceder del monarca, agrupándose en el partido de los Cavaliers (caballeros), mientras que la pequeña nobleza rural y la burguesía trataron de restituir las competencias del parlamento que habían sido ninguneadas, asociándose en el partido de los Roundheads (cabezas redondas, en inglés). El país se dividió en dos bloques antagónicos que acabaron enfrentándose en el campo de batalla, hasta la victoria definitiva de los parlamentaristas.
La consecuencia de todo ello es bien conocida: Carlos I Estuardo fue juzgado por traición a la nación y finalmente declarado culpable. El 29 de enero de 1649 fue decapitado en el cadalso de Whitehall, en Londres, lo que constituyó un hecho sin precedentes en la historia de Europa, y un claro anticipo de lo que sucedería durante la Revolución Francesa, más de un siglo después. Finalmente, el Parlamento disolvió la Cámara de los Lores y convirtió a Inglaterra en una república o Commonwealth. Es significativo que esta pintura decore las actuales Casas del Parlamento de Londres, como eterno recordatorio de los límites del poder que debe respetar cualquier  gobernante. 
En otro orden de cosas, resulta interesante comprobar cómo la pintura de historia del siglo XIX sigue generando un riquísimo repertorio iconográfico que, por su valor emblemático, acaba pasando al imaginario colectivo y luego es repetidamente reproducido. La imagen que cierra este post es una captura de la película Cromwell, dirigida por Ken Hughes (1970), en la cual se representa precisamente el suceso histórico que hemos descrito. Las similitudes entre la pintura decimonónica y la escena cinematográfica son extraordinarias y, exceptuando el punto de vista, tanto la caracterización de los personajes como del ambiente comparten las mismas fuentes de inspiración.

MÁS INFORMACIÓN:
http://bcw-project.org/church-and-state/first-civil-war/five-members  

viernes, 6 de noviembre de 2015

LA REVUELTA DE LOS CAMPESINOS

La Revuelta de los Campesinos (Peasants’ Revolt) fue un estallido revolucionario que tuvo lugar durante el reinado de Ricardo II en Inglaterra. Contrariamente a la imagen arquetípica que en ocasiones se tiene una sociedad sufriente y sumisa, en la Edad Media fueron bastante frecuentes las reivindicaciones sociales. Apenas unas décadas atrás, en 1358, se había producido en las zonas rurales de Francia una sublevación popular conocida como Jacquerie. El nombre le viene de «Jacques», un apelativo desdeñoso con el que los nobles se referían a los siervos y campesinos que trabajaban en sus tierras. Precisamente, las críticas contra la nobleza estuvieron entre las causas que desencadenaron la Jacquerie, además de la miseria económica provocada por la Guerra de los Cien Años y la Peste Negra.
En Inglaterra, las razones de la revuelta pueden rastrearse igualmente en ese clima de tensión producido entre los campesinos arrendatarios y los señores terratenientes. La elevada mortalidad de la pandemia había provocado importantes cambios demográficos, económicos y sociales que afectaron seriamente al sistema feudal. Pero el detonante fue la instauración de un nuevo impuesto introducido por la monarquía en 1381, para defender el reino de una posible invasión francesa. Este impuesto fue el triple de gravoso que los que se habían decretado en años anteriores, y se pretendió imponer a todo el mundo por igual, sin tener en cuenta los ingresos ni la posición de vasallaje. Ello suponía transferir a las clases populares la financiación de la guerra, que correspondía por tradición a la nobleza. Por tanto, es comprensible que se recibiera con disgusto no sólo por los campesinos y arrendatarios, sino también por los hombres libres y por las autoridades locales.
En mayo de 1381, los recaudadores del rey fueron rechazados con enorme hostilidad en los ducados de Essex y Kent. Los campesinos se levantaron en armas y formaron una milicia de 10.000 hombres, enardecidos por las proclamas de Wat Tyler, Jack Straw y John Ball. Durante su marcha, saquearon las granjas y haciendas de la nobleza, a quien acusaban de confundir al joven rey con sus malos consejos. Una vez que llegaron a Londres, forzaron las puertas de las prisiones, destruyeron documentos fiscales, incendiaron el palacio de Juan de Gante, Duque de Lancaster, y decapitaron a varios miembros del Consejo Real, exigiendo la abolición de la servidumbre.
El suceso aparece narrado en el Libro III de las Crónicas de Jean Froissart, un manuscrito redactado exactamente por las mismas fechas, que hoy se conserva en la British Library. Además de su extraordinario valor como documento histórico, las Crónicas de Froissart constituyen una obra maestra de la miniatura tardomedieval y un verdadero antecedente de las novelas gráficas. Entre sus cualidades más destacadas se encuentra una extraordinaria riqueza en los detalles, una maravillosa variedad cromática y un renovado interés por la representación del paisaje natural, lo que le acerca a los planteamientos estéticos del Renacimiento.
La primera imagen tomada de este libro muestra al clérigo John Ball incitando al ejército de campesinos a la rebelión. El protagonista se sitúa en el centro de la imagen y está identificado con un letrero; a la izquierda, vestido de rojo y también señalado con una leyenda, se encuentra Wat Tyler, otro de los cabecillas de la insurrección. La segunda imagen representa la llegada a Londres del ejército de campesinos, y cómo el rey Ricardo II se presenta ante ellos en una barca, con el fin de emprender una negociación que acabase con la revuelta. Lo numeroso del gentío y lo inseguro de la situación hicieron desistir al rey de desembarcar. El desenlace se ve en la imagen siguiente, en la que Ricardo aparece protagonizando simultáneamente dos acciones: en una, presencia desde su caballo cómo Wat Tyler es asesinado por el alcalde de Londres, William Walworth, justo cuando el líder rebelde se disponía a sacar una daga; en la otra, el rey se dirige a la multitud para pacificar los ánimos diciéndoles «Ustedes no deberán tener capitán alguno, excepto yo».
Según las crónicas, Ricardo prometió atender a las demandas de los campesinos y garantizar una total amnistía sobre lo ocurrido. Pero el monarca no cumplió su palabra y, el 28 de junio de 1381, ordenó una expedición de castigo que venció a los insurrectos en Essex. Diecinueve líderes rebeldes fueron ahorcados y otros doce descuartizados. El 15 de julio, presidió en Saint Albans un tribunal encargado de juzgar al resto de los cabecillas, entre los que se encontraba John Ball; fueron todos condenados a muerte.
La Revuelta Campesina fue un estallido de frustración espontáneo, que estuvo mal planeado y se desarrolló sin organización. Aparentemente no consiguió nada pero, en última instancia, el parlamento no ratificó la tasa que había generado el levantamiento. Históricamente, se considera el inicio del fin de la servidumbre en Inglaterra. Una consecuencia añadida fue de carácter político; a partir de entonces, el monarca dio un giro severo hacia el autoritarismo y se mostró cada vez menos dialogante, dando lugar a lo que se llamó la «Tiranía de Ricardo» durante los últimos años de la década de 1390. Esa tendencia al absolutismo es lo que acabó por desprestigiarle, hasta el punto de que una conspiración de la nobleza, liderada por Enrique Bolingbroke, consiguió destronarle y encerrarlo en prisión, donde acabó muriendo de inanición. Con él se extinguió la Dinastía Plantagenet y comenzó el reinado de la Casa de Lancaster, de la mano de Bolingbroke, que fue coronado como Enrique IV. Según el teatro de Shakespeare, fue el mal gobierno de Ricardo lo que condujo al país a la guerra civil, la que los románticos del siglo XIX titularon «Guerra de las Dos Rosas».