Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

sábado, 10 de diciembre de 2016

EL LIBRO DE LAS AVES

Estas misteriosas imágenes que parecen sacadas de un «Expediente X» son en realidad una serie de miniaturas medievales recogidas en el Libro de las aves («De Avibus» en el latín original), escrito por clérigo francés Hugo de Fouilloy. Este manuscrito es al mismo tiempo un análisis exegético de la Biblia y un tratado moral sobre el comportamiento de los pájaros. Esta última parte está fundamentada a través de numerosas referencias a las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, que era una de las principales enciclopedias de la Edad Media y un compendio de todo el saber heredado de la Antigüedad Clásica. En el prólogo, Hugo de Fouilloy explica que el libro fue concebido como un texto educativo para los monjes del monasterio de St. Nicholas-de-Regny, del cual era su prior. Por esa misma razón se estima que fue realizado entre 1132 y 1152.
Las increíbles miniaturas que ilustraron De Avibus se hicieron muy populares y, por medio de más de un centenar de copias y versiones, acabaron formando parte de los bestiarios o colecciones de animales más conocidas del Medievo. Muchas constituyen retratos más o menos fidedignos de pájaros, según se conocían en la época a partir de las descripciones recogidas en la Historia Natural de Plinio el Viejo, o De natura rerum de Rabano Mauro. En cambio, otras imágenes, como las que reproducimos aquí, recrean imaginativamente seres fantásticos de fisionomía imposible. Estos monstruos aparecieron por primera vez en la literatura griega clásica (Herodoto, Ctesias, Megástenes), se desarrollaron y consolidaron en los tratados filosóficos romanos y fueron finalmente recogidos por San Isidoro en el libro III de sus Etimologías. Obsérvese el paralelismo entre la descripción escrita y las miniaturas:

«Los cynoscéfalos deben su nombre a tener cabeza de perro; sus mismos ladridos ponen de manifiesto que se trata más de bestias que de hombres. Nacen en la India. También la India engendra cíclopes. Y se les denomina cíclopes porque ostentan un ojo en medio de la frente. Se los designa también con el nombre de agriophagîtai porque solo se alimentan con carne de fiera. Se cree que en Libia nacen los blemmyas, que presentan un tronco sin cabeza y que tienen en el pecho la boca y los ojos. Hay otros que, privados de cerviz, tienen los ojos en los hombros. Se ha escrito que en las lejanas tierras de Oriente hay razas cuyos rostros son monstruosos: unas no tienen nariz, presentando la superficie de la cara totalmente plana y sin rasgos; otras ostentan el labio inferior tan prominente que, cuando duermen, se cubren con él todo el rostro para preservarse de los ardores del sol; otras tienen la boca tan pequeña, que solamente pueden ingerir la comida sirviéndose del estrecho agujero de una caña de avena. Dicen que hay algunas que no poseen lengua y utilizan para comunicarse únicamente señas o gestos. Cuentan que en la Escitia viven los panotios, con orejas tan grandes que les cubren todo el cuerpo… Según dicen, en Etiopía viven los artabatitas, que caminan, como los animales, inclinados hacia el suelo; ninguno supera los cuarenta años. Los sátiros son hombrecillos de nariz ganchuda, cuernos en la frente y patas semejantes a las de las cabras. Dicen que en Etiopía existe el pueblo de los esciopodas, dotados de extraordinarias piernas y de velocidad extrema. En Libia habitan los antípodas, que tienen las plantas de los pies vueltas tras los talones y en ellas ocho dedos.»

Plinio el Viejo consideraba estos seres producto de la ingenuidad y el desorden de la naturaleza. Lo cierto es que en el mundo antiguo y medieval los conocimientos científicos y geográficos eran limitados, entre otras razones porque en gran parte no habían sido contrastados por la experiencia. Fuera de los ecosistemas conocidos del Mare Nostrum Mediterraneum, apenas había pequeñas nociones del resto del mundo. A medida que los europeos desarrollaron viajes de exploración, rutas caravaneras e intercambios comerciales con otros países de África y Asia, aumentó el conocimiento de otros lugares, pueblos y ecosistemas naturales. A pesar de estos avances, la ciencia y la geografía medieval todavía incluía numerosas imprecisiones, tanto en sus descripciones escritas como en sus representaciones visuales.
Muchas de estas imprecisiones no se debían a las lagunas científicas de la época sino a la añadidura de elementos fantásticos o sobrenaturales, producto del miedo a lo desconocido y de una imaginación acrecentada por los relatos maravillosos de los viajeros. A raíz del conocimiento parcial transmitido por aquellos pocos que se habían acercado a otras realidades, los hombres de la Europa medieval creyeron en la existencia real seres monstruosos, hombres deformes, tribus de caníbales o personajes mitológicos, como las amazonas. Esto se explica por la falta de referencias con las que comprender racionalmente determinados fenómenos, así como por sus diferencias con respecto al mundo conocido. El caso es que, consciente o inconscientemente, promovió una conciencia profundamente etnocentrista, según la cual lo europeo era lo único que podía ser cabalmente explicado y aceptado por las convenciones morales, sociales y religiosas de la época. Percepción que, lamentablemente, continúa hoy entre aquellas personas estrechas de miras que son incapaces de mirar más allá de sus prejuicios y adentrarse por el camino de la exploración científica.

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