Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

miércoles, 28 de febrero de 2018

EL SEPULCRO DEL CARDENAL CISNEROS


El Cardenal Francisco Ximénez de Cisneros, que fue uno de los personajes históricos más importantes del período de transición entre la Edad Media y la Edad Moderna. Confesor de la reina Isabel la Católica, arzobispo de Toledo, reformador de las órdenes religiosas y regente de Castilla en dos ocasiones, también fundó en 1499 la prestigiosa Universidad de Alcalá, en cuya capilla, dedicada de San Ildefonso, pidió ser enterrado.
A la muerte del Cardenal, sus albaceas testamentarios emprendieron el proyecto de construir una fastuosa tumba en su honor, para lo cual contrataron al escultor florentino Domenico Fancelli, autor de los sepulcros del príncipe Juan, en el convento de Santo Tomás de Ávila, y de los Reyes Católicos, en la Capilla Real de Granada. En el contrato, firmado el 14 de julio de 1518, figuraba un presupuesto de 2.100 ducados de oro y se decía expresamente que la obra debía ser tan buena «y antes si pudiere sea mejor que no peor» que los dos sepulcros arriba mencionados.
La fatalidad quiso que Fancelli enfermara de gravedad y falleciera el 21 de abril de 1519, sin haber comenzado el monumento. Así pues, los testamentarios tuvieron que buscar a otro escultor de renombre, que pudiera retomar la obra con una calidad similar. El escogido fue Bartolomé Ordóñez, artista burgalés bien relacionado con el ambiente renacentista italiano. El encargo fue traspasado en Barcelona el 27 de septiembre de 1519, ante el escribano Miguel Sumes, y el nuevo contrato fue firmado en Toledo el 14 de noviembre del mismo año, por el mercader genovés Juan Antonio Pinelo, que actuó en representación del artista y de sus fiadores.
Ordóñez aceptó las condiciones previamente acordadas con Fancelli; se comprometió a mantener la calidad de los materiales, la forma y medidas, los motivos decorativos y el programa iconográfico, aunque al final introdujo pequeñas modificaciones. Los trabajos se iniciaron pronto en el taller que el artista tenía en Carrara, en Italia. Debieron marchar a buen ritmo hasta que se vieron interrumpidos por la muerte del artista, el 10 de diciembre de 1520. En su testamento, Ordóñez dejó constancia del estado en que se encontraba la obra del sepulcro, casi terminado «de su propia mano» y empaquetado en cajas. Además, declaraba que el resto había sido encargado al escultor Pietro da Carona, uno de sus colaboradores en el taller de Carrara, aunque es probable que también intervinieran en su finalización otros discípulos como Giovanni de Rossi, Giangiacomo da Brescia y Girolamo di Santacroce. Poco tiempo después, el mausoleo fue llevado a la Universidad de Alcalá y se presentó al público el día del Corpus Christi de 1524.

Compositivamente, el sepulcro de Cisneros es un monumento exento con forma de prisma de base rectangular de 2,47 x 3,13 metros. Sigue una tipología de catafalco funerario, para permitir la exposición del yacente, y consta de tres cuerpos diferenciados: primero, un basamento decorado con motivos alegóricos y vegetales, animales fantásticos y putti; segundo, un túmulo o cuerpo principal organizado por medio de columnillas, que enmarcan series de hornacinas aveneradas más un medallón circular en el centro de cada lado; tercero, la cama mortuoria, flanqueada por cuatro esculturas sedentes en las esquinas y sobre elevada por una plataforma tronco-piramidal adornada con guirnaldas de frutos, que son sostenidas por ángeles vestidos.
Según consta en los dos contratos, las paredes del cuerpo principal debían haber estado inclinadas a manera de talud. Esa fue la forma que adoptó el sepulcro del príncipe Juan y el de los Reyes Católicos, ambos inspirados en la tumba de Sixto IV, realizada por Pollaiuolo en el Vaticano. Sin embargo, Bartolomé Ordóñez se decantó por una solución recta más tradicional. Otras novedades con respecto al modelo de Pollaiuolo son el añadido de grifos en las esquinas y la plataforma que sobre eleva la cama sepulcral.
El programa iconográfico es relativamente fácil de interpretar, no sólo por los atributos que lleva cada figura sino porque, además, aparecen claramente identificadas en los contratos establecidos con Domenico Fancelli y Bartolomé Ordóñez. Los medallones del cuerpo principal constituyen el elemento más significativo de cada uno los lados y albergan a los cuatro Padres de la Iglesia Española: San Ildefonso en la cabecera, San Isidoro a los pies, San Eugenio en un lado derecho y San Leandro en el izquierdo. Las figuras de las hornacinas de los lados menores representan a otros cuatro santos: en la cabecera, San Juan Bautista y Santiago Apóstol, santos patronos del Cardenal Cisneros; a los pies, San Francisco y Santo Domingo, fundadores de las órdenes mendicantes. Las figuras de las hornacinas de los lados mayores son alegorías de las Artes Liberales: en un lado la Aritmética, la Música, la Astrología y la Geometría, que componen el Qvadrivium, y en el otro la Gramática, la Dialéctica y la Retórica, que forman el Trivium; a estas últimas se suma la Teología para completar la serie de cuatro.
Las estatuas sedentes que campean sobre la cornisa encarnan a los cuatro doctores Padres de la Iglesia Latina: San Ambrosio, San Jerónimo, San Gregorio y San Agustín. A ambos lados de la cama mortuoria, entre las guirnaldas de frutos, se ven las representaciones de Adán labrando la tierra, en un lado, y Eva con sus hijos, en el otro; aluden a la importancia del conocimiento revelado por Dios para reconocer el pecado original y lograr la salvación. Por último, la figura yacente de Cisneros, está vestida de pontifical, con la cabeza apoyada sobre unos almohadones, el báculo arzobispal extendido sobre el pecho y las manos juntas en actitud de oración. Su retrato es de una fisionomía hiperrealista, lograda mediante la utilización de una máscara mortuoria. La mayoría de los autores coinciden en valorarlo como uno de los elementos de mayor calidad artística de todo el conjunto.
Iconológicamente, el sepulcro de Cisneros pretende ensalzar la figura de este arzobispo, presentándole como continuador de la labor teológica de los Padres de la Iglesia, como reformador de la tarea apostólica de las órdenes religiosas, y como fundador de la Universidad de Alcalá, consagrada al estudio humanista de las Sagradas Escrituras para promover la renovación cultural de España en el Renacimiento. Así lo expresa el epitafio, colocado a los pies de la cama sepulcral, cuya traducción del latín dice así:

«Yo, Francisco, que hice edificar a las Musas un Colegio Mayor, yazco ahora en este exiguo sarcófago. Uní la púrpura al sayal, el yelmo al sombrero. Fraile, Caudillo, Ministro, Cardenal junté sin merecerlo la corona a la cogulla cuando España me obedeció como a Rey. Murió en Roa, el sexto [día] de los idus de noviembre 1517».

En cuanto a su calidad artística, el sepulcro de Cisneros es sin duda uno de los mejores ejemplos de la escultura renacentista en España, por su estilo italianizante, sus motivos decorativos a la antigua, su extraordinaria finura y su pulcritud técnica, hoy muy deteriorada por culpa de la Guerra Civil. Sintetiza, por un lado, el clasicismo amable y elegante inspirado en la obra de maestros como Ghiberti, Rossellino o Benedetto da Maiano, y por otro, la fuerza expresiva de Miguel Ángel, que se advierte sobre todo en las figuras de Ordóñez. Su carácter innovador tuvo una gran influencia en el panorama artístico español de la primera mitad del siglo XVI. Ya en aquella época fue señalado como el modelo a seguir por otros monumentos funerarios, como el del canónigo Gonzalo Díaz de Lerma, realizado por Felipe Bigarny en Burgos, en 1524, y el del Cardenal Tavera, ejecutado por Alonso de Berruguete en Toledo, en 1554, en cuyo contrato se especificaba con claridad la semejanza que debía guardar con el mausoleo cisneriano.