jueves, 3 de septiembre de 2020

EL RETRATO DE SUKY TREVELYAN


Este cuadro del siglo XVIII conservado en la mansión nobiliaria de Wallington, en el Norte de Inglaterra, tiene una curiosa historia que merece la pena ser contada. Es un retrato de Susanna Trevelyan, apodada Suky por su familia y amigos, que fue pintado hacia 1761 por el afamado académico Thomas Gainsborough. El resultado final, no obstante, fue modificado en el taller de su gran rival Joshua Reynolds, unos años después.

El retrato cumple todas las convenciones de la elegante retratística inglesa, de las que precisamente Gainsborough y Reynolds fueron sus principales promotores. El personaje se muestra en posición de tres cuartos, su piel es extremadamente blanca, predominan los colores fríos, hay una esmerada representación del vestido y el fondo es habitualmente un bucólico paisaje formado por árboles y frondas verdes, que se funden con un cielo animado por nubes y otros efectos atmosféricos, preludio de lo que será el Romanticismo pictórico. Una importante novedad en este tipo de retratos es que huye de la pose grandilocuente, característica de las imágenes de los reyes y aristócratas, y en su lugar se aproxima con mayor fidelidad a la fisionomía y la psicología de la persona, a la que muestra en actitudes más cercanas y naturales, unas veces sofisticadas y otras indolentes. Tanto Reynolds como Gainsborough realizaron numerosos encargos para una rica clientela formada por nobles, militares y gentilhombres adinerados, a la que atendían con la ayuda de sus alumnos y ayudantes de taller. Estos últimos se encargaban de pintar la indumentaria y los complementos, mientras que los maestros se centraban sobre todo en el rostro y las manos.

En la familia Trevelyan ha existido desde siempre la tradición de que el retrato original de Suky, pintado por Gainsborough, fue completamente transformado por Reynolds. Esta tradición se basa en una anécdota que tiene como protagonista al escritor Arthur Young, que visitó Wallington durante un viaje para recopilar material con el que escribir su libro Northern Tour, publicado en 1767. En ese libro describió la pintura como un “retrato de un sombrero y volantes”, en referencia al complicado atrezzo con que Gainsborough había representado a la muchacha. El comentario no gustó nada a Sir Walter Calverley-Blackett, tío de Suky y mecenas de Wallington, de tal suerte que dio instrucciones a Joshua Reynolds para que lo repintase.

Un estudio del año 2012 dirigido por Nicola Grimaldi, de la Universidad de Northumbria, ha probado que efectivamente el cuadro fue repintado en un 80%. Según se aprecia en las radiografías, inicialmente Suky vestía un sombrero y un vestido azul de estilo Van Dyke con amplios volantes, y además llevaba un perrito similar al de otras pinturas de Wallington; la segunda imagen que publicamos hoy es una recreación de su aspecto original. La intervención posterior simplificó el vestido y lo cambió de color, haciéndolo prácticamente idéntico al que luce la dama Charlotte Walpole en otro retrato pintado por Joshua Reynolds, en 1775. En palabras de Lloyd Langley, manager del patrimonio de Wallington del National Trust, “es extraordinario que tengamos en nuestra colección una pintura que potencialmente sea no solo de uno, sino de dos de los más grandes artistas de Inglaterra”.


MÁS INFORMACIÓN:

miércoles, 26 de agosto de 2020

EL RETABLO PÉTREO DE SANTO ESTEVO

El monasterio de Santo Estevo, en la Ribeira Sacra de Orense, conserva un magnífico relieve tallado en granito, procedente de un retablo románico que los especialistas han datado entre los siglos XII y XIII. La pieza se encuentra hoy adecuadamente expuesta y puesta en valor a la izquierda de la capilla mayor de la iglesia, pero estuvo oculta durante siglos. En unas obras de restauración realizadas en 1950, apareció empotrada y cubierta de cal en una pared del segundo piso del llamado Claustro Dos Cabaleiros. Su función como retablo parece probada por la propia disposición de la pieza, que no podía utilizarse como frontal de altar por su forma triangular ni como tímpano arquitectónico, por su gran tamaño y porque el basamento está compuesto de dos tramos unidos entre sí, y no uno solo como sería lo lógico.

La composición e iconografía son sencillas; Cristo aparece en el centro de la composición secundado por los doce apóstoles, todos de frente y de pie, tocados con un nimbo de santidad y cobijados por arcos de medio punto. Los tres personajes principales son de mayor tamaño, están enmarcados por dos columnas a los lados, y muestran delante de cada uno un símbolo que les identifica: Cristo una corona real y una cruz triunfal, Pedro unas llaves y un libro, Pablo una espada y una filacteria. El resto de los apóstoles porta de forma genérica libros alusivos a su labor evangelizadora, y van disminuyendo su estatura conforme se aproximan a los extremos, en un esfuerzo por adaptarse a la forma triangular del frontón. 

Sus actitudes son variadas; dos enseñan las palmas de las manos, uno señala con el dedo a Cristo y otros se apoyan en báculos. Algunos tienen los pies desnudos, como es habitual en la iconografía medieval, y otros llevan un calzado puntiagudo. Destaca la figura de Santiago Apóstol, a la izquierda de San Pedro. Lleva pegada al hombro la concha de peregrino, lo que le convierte en una de las representaciones más antiguas de esta iconografía particular. También es característica la figura más joven, imberbe y apesadumbrada, en el último puesto de la derecha, que puede identificarse como San Juan.

La base de toda la composición es un bancal de 250 cm de largo jalonado por una galería de arcos de medio punto, sobre la cual se dispone una imposta adornada con pequeñas pomas. La cara posterior de la obra también está esculpida con una arquería románica de trece tramos, rematada por pomas y rombos, que se adaptan en altura a la forma triangular del conjunto. En el arco central vuelve a aparecer Jesucristo en actitud de impartir su bendición. La obra, en fin, es absolutamente fantástica tanto por su preciosismo como por su maravillosa ingenuidad.


martes, 25 de agosto de 2020

SAN FROILÁN

Me he encontrado en la Catedral de Lugo esta curiosa escena esculpida en un medallón de forma oval, que muestra a un monje predicando acompañado de un animal que parece llevar unas alforjas y, sin embargo, no parece un asno o un mulo, como sería lo habitual. La imagen se encuentra en la calle izquierda del retablo de una capilla situada en el lado del Evangelio, junto a los pies del templo, que fue modificada entre 1785 y 1796. Gracias a la documentación histórica conservada en el archivo de la catedral, sabemos que dicho retablo fue esculpido en granito por Manuel de Luaces, de acuerdo a un diseño clasicista propuesto en 1789 por Miguel Ferro Caaveiro, y posteriormente fue policromado por Manuel Rodríguez Adrián y Andrés Ferreiro.

Probablemente, el hecho de que se hiciera en piedra tiene que ver con las normas promulgadas por la Academia de Bellas Artes de San Fernando en aquellos tiempos, que prohibieron hacer más retablos en madera, por su propensión a incendiarse y porque su estilo barroco no se ajustaba al gusto neoclásico del pensamiento ilustrado. Como consecuencia de ello, desde finales del siglo XVIII y durante todo del siglo XIX se realizaron numerosos retablos en piedra o mediante pinturas de arquitecturas fingidas, de los cuales ya hemos publicado algunos ejemplos en este blog.

La escena representada está relacionada con uno de los pasajes más populares de la historia de San Froilán (832-904), patrón de la ciudad de Lugo al que está dedicada la capilla. Aunque era de familia noble y bien instruido, Froilán se retiró muy joven a vivir como ermitaño en Ruitelán, en las montañas del Bierzo, para buscar en soledad el encuentro místico con Dios. Es entonces cuando tuvo lugar un milagro, según el cual un lobo hambriento atacó y devoró al asno que le acompañaba, mientras Froilán se hallaba entregado a la oración. Entonces el santo miró cariñosamente a los ojos del lobo y le dejó acurrucado, mientras le hablaba dulcemente de amor y paz. El lobo perdió el miedo al hombre y al fuego, y se convirtió en el sirviente fiel de Froilán; desde ese momento decidió cargar con las alforjas que antes llevaba el asno muerto.

San Froilán inició poco después su predicación por Lugo, Zamora, Asturias y Cantabria, llegando a ser obispo de León. Compartió muchos de sus viajes con su gran amigo San Atilano, a quien le unía el mismo anhelo de evangelización, reforma de la vida eremítica y fundación de monasterios. El relieve de la Catedral de Lugo muestra a Froilán vestido como un monje, todavía en su rol de eremita, mientras se dirige a una multitud. Está subido a un púlpito y al fondo se distingue una mesa de altar, lo que hace suponer que se encuentran en una iglesia. El público está formado por hombres y mujeres de toda condición, que escuchan arrobados a Froilán. Y debajo del púlpito se ve al lobo, que porta las alforjas llenas con los libros del santo.


Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.