lunes, 2 de septiembre de 2019

EL TREN DEL METRO

Esta impactante imagen es un grabado hecho en linóleo de algo más de 31 x 31 cm, realizado por el artista gráfico Cyril E. Power alrededor de 1934. El linóleo es un material sintético y barato, que empezó a utilizar Claude Flight a principios del siglo XX para ensayar nuevas técnicas de grabado. Además de su inherente modernidad, era más fácil de grabar que la madera y permitía a los artistas de las vanguardias aplicar novedosos efectos, como diversas texturas, planos de color y líneas sinuosas. Además, era muy resistente, lo que posibilitaba imprimir a bajo coste multitud de imágenes en serie sin deteriorar la calidad de las planchas. Para lograr un acabado a todo color se agregaban diferentes planchas, una de cada tinta, pero también se hacían impresiones en blanco y negro o en tonalidades únicas, como la que reproducimos aquí en azul; la versión definitiva, más abajo, está completamente coloreada. El Metropolitan Museum de Nueva York conserva un original firmado y titulado así en el margen izquierdo: «The Tube Train, no. 4/60, Cyril E. Power». 
Se trata de una obra relacionada con el movimiento futurista, que mostró una enorme fascinación por la velocidad, el estilo de vida urbana y los artefactos mecánicos, como los automóviles o los trenes. Todo esto también había sido un tema de interés para los diseñadores de la Grosvenor School of Modern Art, a cuya fundación contribuyó el propio Power en 1925, con el objetivo de experimentar nuevas técnicas, materiales y procesos artísticos. Sin embargo, la estética y la iconografía son más bien expresionistas, puesto que el dibujo es áspero, el color está muy contrastado y los rostros de los personajes parecen auténticas caricaturas. Todo ello insinúa una reflexión triste sobre la soledad y la alienación producida por la modernidad, representada en este caso por el metro de Londres (popularmente conocido como Tube). 
El dibujo muestra dos hileras de pasajeros apretujados en sus asientos, superpuestos uno delante del otro. El pasillo entre las dos hileras se reduce al mínimo, prácticamente a una estrecha línea amarilla que marca una forzada perspectiva en curva. Esta línea se replica en la decoración del techo, también de color amarillo, y en las dos barras de sujeción, de las que cuelgan asideros. Las líneas curvas y los asideros, que dan la sensación de balancearse, confieren a la composición un gran dinamismo, acentuado por un trozo de ventana circular que enmarca la escena por la derecha. Pero este movimiento se nota solo en el vagón de metro y sus componentes, que parecen girar como en un torbellino. En cambio, los pasajeros se mantienen impertérritos, no interaccionan ni conversan entre sí, tan solo leen el periódico o aguardan pacientemente, con la mirada perdida, a llegar a su destino. Podría deberse a las reservadas maneras inglesas pero también hay implícita una fuerte crítica social. Cyril Power representa el aburrimiento, la estandarización y la sobrecarga sensorial de la gran metrópoli, en la mejor línea del Expresionismo Alemán de principios del siglo XX.   
A pesar de lo expuesto, Power fue comisionado por Frank Pick, director general del Metro de Londres, para que diseñara junto a Sybil Andrews una serie de ocho posters publicitarios en linóleo. Estos posters fueron presentados bajo la firma Andrew-Power y se colocaron en diversas estaciones, entre 1929 y 1937, con el objetivo de promover el uso de los transportes públicos para acceder a aquellos lugares en los que se celebraban importantes eventos deportivos, desde Wimbledon hasta Lord's Cricket Ground.


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miércoles, 28 de agosto de 2019

EL CUARTO ESTADO


El cuarto estado (1901) es un monumental cuadro del italiano Giuseppe Pellizza da Volpedo, que se conserva en el Museo del Novecento en Milán. Está pintado al óleo sobre un panel de álamo de formato panorámico, que mide 293 x 545 cm. Originalmente titulado El camino de los trabajadores, se ha convertido en una de las imágenes paradigmáticas del proletariado y ha servido como modelo a otras expresiones artísticas vinculadas a movimientos de ideología socialista. 
Está realizado con una técnica divisionista o puntillista derivada del postimpresionismo, que todavía se practicaba entonces en Italia. Esta técnica consistía en yuxtaponer puntos de color individualizados directamente sobre la superficie, sin mezclarlos en la paleta, con el fin de completar una imagen vibrante y globalizada en la retina del espectador, cuando este contemplaba la pintura desde la lejanía. La técnica resulta muy apropiada para representar el movimiento de un numeroso grupo de campesinos, que marchan hacia la huelga. También enfatizan los contrastes lumínicos entre el paisaje natural del fondo, los personajes del término medio situados bajo una especie de arco y los del primer plano, que proyectan fuertes sombras en el suelo y debajo de sus sombreros; todo ello acrecienta la sensación de dinamismo. Se trata, por tanto, de una composición muy estudiada, como prueba la existencia de dos bocetos realizados por Pellizza da Volpedo, en los que ensayó pequeñas variantes de la misma escena. Nos referimos por un lado a Los embajadores del hambre, del año 1892, y por otro a La oleada de gente (Fiumana), de 1896. 
El nombre entre paréntesis de este último título hace referencia a un punto geográfico concreto, la zona industrial de Fiumana, entre las ciudades de Forlì y Cesena, al nordeste de Italia. Pero los personajes que se ven en el cuadro están basados en varios amigos y revolucionarios comunistas de Volpedo, la localidad natal del artista. Más concretamente, la mujer que sostiene un niño en primer plano es un retrato de su esposa Teresa Bidone. Así pues, se produce un interesante diálogo entre los hombres y mujeres, representados individualmente, y el grupo entero que avanza en masa. Por un lado, es posible identificar en primera línea al líder de la revolución, justo en el centro, ligeramente más adelantado que el resto, caminando con la mirada fija en el frente y vestido con un chaleco que le da cierta notoriedad. A su izquierda le sigue con cierta resignación el segundo de a bordo, y a la derecha se le acerca la mujer con el niño, cuestionando la situación y las consecuencias que puede provocar la huelga. Los personajes del grupo en segundo término tienen rostros bien diferenciados, muestran actitudes diversas y dialogan entre sí, todo lo cual redunda en esa caracterización individualizada que comentábamos. Pero, por otra parte, todos los obreros en conjunto conforman un personaje coral, que es el proletariado o el cuarto estado, es decir, el pueblo llano en la pirámide social. A este respecto, es muy simbólica la forma en que el grupo está iluminado: los del fondo permanecen en la penumbra bajo el arco, los del plano intermedio ya han salido a la luz y parecen cobrar vida por su animada conversación, y los líderes de la primera línea aparecen fuertemente contrastados, plenamente conscientes de su papel. En resumen, se figura simbólicamente el proceso de emancipación progresiva del proletariado. 
El cuarto estado fue exhibido por primera vez en la Prima Esposizione Internazionale d'Arte Decorativa Moderna de Turín, en 1902. Allí obtuvo poco éxito e incluso llegó a ser rechazado en otras exposiciones debido a su temática subversiva. El artista solo consiguió volver a exponerlo una vez más, en 1907, poco antes de suicidarse. Sin embargo, la imagen empezó a ser reproducida en periódicos y folletos socialistas de la década de 1910 y, gracias a una suscripción pública, en 1920 fue comprada a los herederos del artista por el Comune de Milán, que lo instaló en el Castello Sforza. El régimen fascista de Mussolini obligó a retirarlo de allí y el cuadro permaneció enrollado hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando pudo ser recuperado y nuevamente expuesto. 
El carácter emblemático de esta obra le han convertido en una de las más valoradas de la historia de la pintura italiana y también ha generado multitud de versiones. Una especialmente interesante es la desarrollada en este poster soviético del año 1968, cuya leyenda puede traducirse como «¡La unidad de la clase trabajadora y el partido comunista es indestructible!», en el que el líder del grupo de obreros se trasunta en Vladimir Lenin, el padre de la Revolución Rusa. La imagen también fue utilizada para la cabecera de la película Novecento (1976), de Bernardo Bertolucci, que muestra desde el punto de vista marxista la lucha social del campesinado contra la oligarquía y el fascismo en la región de Emilia-Romagna, durante las primeras décadas del siglo XX.

lunes, 19 de agosto de 2019

SAN BRUNO

Las imágenes que presentamos hoy constituyen dos de las representaciones barrocas más arquetípicas de San Bruno de Colonia, un sacerdote alemán del siglo XI que fundó la orden de los Cartujos. La primera es un lienzo de Zurbarán, de 122 x 64 cm, que se encuentra en el Museo de Cádiz y la segunda es una impresionante escultura de tamaño natural realizada por el portugués Manuel Pereira, que puede admirarse en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. 
San Bruno era canónigo de la iglesia de San Cuniberto, en Colonia, y en 1056 se trasladó a Reims para enseñar gramática y teología en su escuela catedralicia. Al cabo de unos años, su deseo de hacerse monje contemplativo le impulsó a dejar la ciudad francesa y vivir durante un tiempo como ermitaño. El obispo Hugo de Grenoble le ofreció entonces unas tierras en Chartreuse para construir, junto con un grupo de seis discípulos, un pequeño oratorio que se convirtió en la primera fundación de una nueva orden religiosa. Este oratorio se rodeó de una serie de celdas similares a las de los monasterios benedictinos pero añadió otros elementos característicos del eremitismo de Egipto y Palestina. La fama de su piedad y estricta observancia le llevaron a ser convocado por el papa Urbano II para que dirigiera la reforma del clero; este hecho oficializó la creación de la orden de los Cartujos mediante el desarrollo de nuevos monasterios. 
Las cartujas se distinguieron por un estilo de vida muy austero, riguroso en el cumplimiento de las normas morales y básicamente contemplativo; su gran novedad fue la introducción de un voto particular de silencio, que se unió a los tres votos tradicionales de otras órdenes religiosas. La organización arquitectónica de una cartuja es diferente a la de otros monasterios, porque cada monje tiene que vivir de forma aislada en una celda personal y el claustro es un lugar de paso hacia las estancias comunes, como la cocina, el lavadero, el refectorio y los talleres. 
En cuanto a la iconografía del santo fundador, esta es claramente identificable. San Bruno aparece siempre con la cabeza tonsurada, vestido con un hábito blanco y una capucha característicos de su orden. Puede tener los brazos sobre el pecho en actitud mística o con el índice en la boca, en señal de silencio. Entre sus atributos, destaca una rama de olivo, alusiva a un pasaje del Salmo 51, y siete estrellas que hacen referencia a una visión que tuvo el obispo Hugo de Grenoble sobre San Bruno y sus discípulos. También son habituales una calavera o una cruz, símbolos de la meditación eremítica, y una mitra arzobispal o un globo terráqueo, ejemplos de su desprecio hacia las cosas materiales.
El cuadro de Zurbarán procede de la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión, de Jerez de la Frontera y está fechado en 1637-1639. Gran parte de la colección pictórica de aquel monasterio fue expoliada por los franceses en la Guerra de la Independencia, de tal suerte que hoy se encuentra repartida por varios museos del mundo, mientras que los cuadros restantes, como este, acabaron en el Museo de Cádiz tras la Desamortización de 1836. Este lienzo formaba parte de una serie de siete santos cartujos, de tamaño natural, que decoraba el pasillo del sagrario, por detrás del altar mayor de la iglesia. Por este pasillo, largo y oscuro, sólo cabía una persona, así que estos personajes suponían una compañía celestial que anticipaba el acceso al sancta-sanctorum. 
Formalmente, aglutina los principales elementos de la pintura de Zurbarán, que fue seguramente el mejor intérprete de la religiosidad monástica. Entre ellos destaca la precisión del dibujo, un claroscuro de fuerte contraste que supera el tenebrismo de principios del siglo XVII, una aplicación intensa y en grandes superficies del color, una composición minimalista y directa con figuras de tamaño monumental, y un acusado naturalismo tanto en el rostro, de una extraordinaria calidad retratística, como en los ropajes y los objetos. Como peculiaridad iconográfica, merece la pena detenerse en el modo en que San Bruno sostiene la cruz, blandiéndola como un arma, lo que nos remite a la imagen de un miles Christi o «soldado de Cristo» típica del catolicismo de aquel momento, en lucha constante con la herejía. Esta imagen, habitual en el arte contrarreformista, se repite en otras obras contemporáneas como el famoso retrato de la venerable madre Jerónima de la Fuente, pintado por Velázquez en 1620.
En cuanto a la escultura de Manuel Pereira, está realizada en piedra y fechada hacia 1652, cuando el artista tenía casi 65 años. Procede de la Cartuja del Paular, en Madrid, y fue trasladada a la Academia de San Fernando en 1836, también como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal. Por el material en el que está fabricada, es una obra poco frecuente en el contexto de la escultura española del Siglo de Oro, cuya producción esencial fue de imágenes talladas en madera policromada. Muestra al santo de cuerpo entero, envuelto en amplios ropajes que marcan potentes pliegues en sentido diagonal. El primero de ellos conecta el rostro, de gran realismo, con la mano en el pecho y la mitra arzobispal abandonada a los pies; el segundo se sirve de la pierna adelantada y el pie, que sobresale por debajo del hábito, para oponerlos a la calavera sostenida por la mano izquierda del santo. Este juego de diagonales enfatiza la iconografía de San Bruno, que contempla la calavera en actitud mística rechazando los asuntos mundanos.

Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.