domingo, 31 de octubre de 2021

MUERTE Y VIDA

Esta pintura de Gustav Klimt resulta desde luego apropiada para un día como hoy, víspera de Todos los Santos. Fue realizada al óleo entre 1908 y 1915, mide 198 x 178 cm y se conserva en el Leopold Museum de Viena. Es una de las obras más conocidas del pintor austriaco, y sintetiza a la perfección su particular estilo, a caballo entre el Simbolismo y el Art Nouveau. El Simbolismo se expresa en el tema del cuadro, en el que se puede distinguir la figura aislada de la muerte enfrentada a un conglomerado de figuras, que representan aspectos de la vida humana. El Art Nouveau, por su parte, se aprecia en el uso de líneas oscilantes, el decorativismo y un colorismo exacerbado, que se extiende por los ropajes llenos de flores y motivos geométricos.

Compositivamente, llama la atención la forma en que se destacan los dos elementos del cuadro sobre un fondo neutro formado por manchas grises y verdosas. La distancia espacial y simbólica entre ambos elementos se acrecienta por el enorme vacío existente en el medio. A la izquierda, la figura exageradamente alargada de la muerte se presenta encorvada y envuelta en una especie de sudario oscuro, ornamentado con cruces y círculos. Es un esqueleto que sujeta con sus manos huesudas un cetro, que parece un garrote, y mira al grupo de la derecha esbozando una macabra sonrisa. Este grupo tiene un carácter alegórico y está formado por las distintas etapas y aspectos de la vida humana. Están entremezclados, cubiertos de telas y en posiciones diversas, generando un totum revolutum de gran riqueza cromática. Se pueden identificar hasta cuatro rostros de doncellas jóvenes, una madre sosteniendo a un bebé, una anciana cubierta con un pañuelo y un hombre consolando a una mujer.

La relación espacial entre estas figuras es profundamente caótica y sugiere movimiento aunque todas, menos una, tienen los ojos cerrados, como si se hallaran en un sueño profundo. Por tanto, se muestran ensimismados en su propia existencia, completamente ajenos al peligro. Solo la anciana parece consciente de la amenaza que acecha al otro lado y demuestra una actitud reverente, resignada. Por el contrario, la muchacha del extremo izquierdo mira a la muerte con los ojos abiertos de par en par; su ausencia de miedo podría justificarse por la ingenuidad típica de la juventud, pero en realidad el rostro está desencajado y la mirada vacía, lo que nos lleva a pensar en la locura, la única causa que haría olvidarse de la gravedad de la muerte.

El cuadro representa el conflicto entre los dos polos de la existencia humana, entre la oscuridad y la luz, entre las múltiples posibilidades de la vida y la nada más absoluta. Su fuente de inspiración son las danzas macabras del arte medieval, a la que el artista añadió una serie de detalles importantes para la interpretación de la obra. Primero, el perfil de todo el conglomerado de las figuras es oval, lo que puede ser una referencia al huevo cósmico, el origen de la vida y del mundo sugerido por muchas culturas antiguas. Segundo, el extremo superior parece un jardín de flores, una alusión a la primavera y, por ende, a la generación de vida. Tercero, los personajes se abrazan y en cierto modo se protegen unos a otros, participando del Amor como fuerza común frente a la muerte. Cuarto, las cruces que ornamentan la túnica del esqueleto remiten a las lápidas y los monumentos de los cementerios. Por último, la oposición entre ambos estados se muestra también en la gama de colores, fríos para la muerte y cálidos para los personajes vivos. Se trata, pues, de una brillante actualización del tema de la muerte en el arte. 


miércoles, 22 de septiembre de 2021

LOS PETROGLIFOS DE LA ZARZA

En estos días en que La Palma está de plena actualidad por la erupción del complejo volcánico de Cumbre Vieja, merece la pena poner en valor el interesante patrimonio cultural que atesora esta isla. Precisamente hace menos de un mes tuve la oportunidad de visitar allí un nutrido conjunto de grabados rupestres localizados en el Parque de La Zarza, al noroeste de la isla. Constituye una de las manifestaciones más antiguas de la cultura benahoarita o aborigen, puesto que son muy anteriores a la llegada de los españoles y de hecho permanecieron ocultos a su mirada durante varios siglos. 
Los primeros petroglifos de La Palma fueron descubiertos en 1752 en la cueva de Belmaco, un yacimiento situado en el extremo sureste de la isla, muy lejos de La Zarza. Por esta razón, el cura José de Viera y Clavijo los consideró como un testimonio aislado y “puros garabatos, juegos de la casualidad o la fantasía de los antiguos bárbaros”. En el siglo siguiente otros investigadores como K. von Fritz, S. Berthelot y R. Verneau comenzaron a interesarse por estos curiosos grabados y apuntaron diversas interpretaciones: simples decoraciones, jeroglifos, símbolos para marcar el paso del tiempo, etc. En la primera mitad del siglo XX se descubrieron nuevos ejemplares, primero en Garafía y en las montañas, y más tarde, en 1941, en los enclaves de La Zarza y La Zarcita.  

Este conjunto, escondido en un frondoso bosque de laurisilva, alberga más de 40 paneles rocosos labrados con formas geométricas, entre las que se distinguen grupos de espirales, círculos y semicírculos concéntricos, meandros y líneas de gran variedad y complejidad. La técnica de ejecución incluye el picado, el abrasionado y la incisión. Su estado de conservación es bueno y la red de senderos ha sido acondicionada para poder acceder hasta ellos sin dificultad. En cuanto al elevado riesgo volcánico, que podría afectar a su conservación, esta parte de la isla se encuentra lejos de las zonas más activas en las que se han producido las últimas erupciones y terremotos.

En cuanto al significado de estos símbolos, se han propuesto varias hipótesis. L. Diego Cuscoy y A. Beltrán Martínez los relacionan con cultos dedicados al agua y el sol; M. Hernández Pérez considera que los grabados siguen parámetros espaciales vinculados a las actividades pastoriles; y E. Martín, J. F. Navarro, J. País y A. Rodríguez creen que son obras de arte rupestre realizadas por los primeros pobladores de La Palma en épocas protohistóricas. La mayoría de los estudiosos coincide en señalar la abundancia de agua en este paraje, que seguramente funcionó como una especie de santuario en el que se desarrollaban ritos comunitarios propiciatorios de la fecundidad y la vida.

MÁS INFORMACIÓN:

Centro de Interpretación Etnográfico La Zarza (ilapalma.net) 


sábado, 7 de agosto de 2021

EL VASO DE LOS GRIFOS

Esta vasija de arcilla, que se conserva en el Museo de Carmona (Sevilla), es una de las piezas de cerámica más emblemáticas de la cultura tartésica y de sus fecundas conexiones con Oriente Próximo. Tiene una altura de 75 cm y una forma abombada, siendo su diámetro máximo de 49 cm. La boca es ancha y presenta un reborde exterior del que parten cuatro asas trigeminadas cortas, que se apoyan sobre los hombros de la vasija. Fue elaborada entre el 650 y el 550 a.C. con un torno, y posteriormente policromada con tonos negros, rojos y amarillos. 

La decoración se distribuye en tres secciones: una banda superior, por debajo de las asas, con motivos geométricos, otra inferior formada por tres bandas paralelas, y una zona central más amplia con figuras. El nombre del vaso proviene de las figuras dibujadas en esa zona central, cuatro grifos que forman una especie de cortejo entre flores de loto estilizadas. Los grifos son animales mitológicos de carácter híbrido, que se componen de una parte delantera con forma de águila gigante, con plumas blancas, grandes alas, pico afilado y fuertes garras, y una parte posterior con forma de león, patas musculosas y larga cola. Originarios de Oriente, fueron ampliamente representados en pinturas y esculturas de Mesopotamia, Persia, Grecia y otras civilizaciones del Mediterráneo. En el mundo griego estaban asociados a Apolo y además vigilaban las cráteras de vino del dios Dionisios. 
En el caso de Carmona, las cabezas de los grifos están efectivamente pintadas de blanco, las alas están perfiladas con negro, los cuerpos coloreados de rojo son de ciervo y los rabos parecen de toro. Como curiosidad, los animales están vestidos con una especie de faldellín bordado y desfilan de manera solemne, lo que hace pensar que tienen un significado simbólico. De hecho, la vasija fue hallada en una estancia de uso religioso, junto con otros objetos rituales como cucharas de marfil, vasos con decoración vegetal y ofrendas de cerámica, durante unas excavaciones realizadas en 1992 en la casa-palacio del Marqués de Saltillo.

En resumen, se trata de un claro ejemplo de la influencia orientalizante introducida en la Bética como consecuencia de las relaciones comerciales y culturales producidas entre Tartessos y otros pueblos del Mediterráneo, en particular los fenicios. La técnica y la tipología de vaso, así como los motivos mitológicos y decorativos de ascendencia oriental, se repiten en otras piezas de cerámica de este mismo período encontrados en el Valle del Guadalquivir. El estado de conservación de la vasija es excelente y las pinturas siguen teniendo gran vivacidad, aunque algunos fragmentos cerámicos se han perdido y han sido reconstruidos en color neutro.


MÁS INFORMACIÓN:

Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.