Este blog pretende ser un recurso didáctico para estudiantes universitarios, pero también un punto de encuentro para todas aquellas personas interesadas por la Historia del Arte. El arte es un testimonio excepcional del proceso de la civilización humana, y puede apreciarse no sólo por sus cualidades estéticas sino por su función como documento histórico. Aquí se analiza una cuidada selección de obras de pintura, escultura y otras formas de expresión artística, siguiendo en ciertos aspectos el método iconográfico, que describe los elementos formales, identifica los temas que representan e interpreta su significado en relación a su contexto histórico y sociocultural.

martes, 17 de julio de 2018

ARQUITECTURAS EFÍMERAS EN HONOR DE FELIPE V

En la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva una abundante cantidad de dibujos arquitectónicos de los siglos XVI al XVIII, cuya función hoy sabemos que sobrepasaba la mera categoría de bocetos. Por el contrario, se trataba de verdaderos proyectos para la fabricación de grandes decorados de cartón piedra, destinados a adornar el espacio urbano con motivo de las fiestas públicas, tanto cívicas como religiosas. Las dos primeras imágenes que comentamos hoy corresponden a un proyecto de arco triunfal y a un decorado con forma de gruta y una gran fuente, que representa el Monte Parnaso. Fueron diseñadas por Teodoro Ardemans en 1701, para conmemorar la entrada del nuevo rey Felipe V en Madrid.
Desde el Renacimiento, las expresiones artísticas empezaron a utilizarse de forma consciente como elemento de propaganda política y cohesión social, al igual que habían hecho en la Antigüedad Clásica los emperadores romanos. La monarquía autoritaria centralizada de la Edad Moderna necesitaba elevar su figura sobre la de sus súbditos y recurrió a todo tipo de actos propagandísticos y enaltecedores de su poder, a través de ceremonias políticas y religiosas, incluso fiestas de carácter lúdico, que servían para poner de manifiesto la magnificencia de su gobierno.
En el Barroco, las artes se complementaron para crear una obra de arte total, con el ánimo de generar un fuerte impacto emocional en el espectador. La interacción de la arquitectura, la escultura y la pintura dieron lugar a un verdadero medio de comunicación de masas, plasmado en una concepción envolvente del espacio y en la proliferación de efectos ilusorios. Historiadores del arte como Bonet Correa, Martínez Ripoll, Soto Caba y Gómez López han profundizado en la importancia que tuvieron en el Barroco las arquitecturas efímeras, denominadas así por estar normalmente fabricadas con materiales perecederos como cartón, yeso, caña, madera, papel y tela. Tales obras fueron una eficaz estrategia de transformación de la imagen de la ciudad, no solo con el objetivo de embellecerla sino sobre todo para dotarle de un discurso iconográfico dirigido a la exaltación del poder. En resumen, se pretendía simular la realidad, no mostrar las cosas como son, sino como se querría que fuesen, aunque ello constituyera un falso o una distorsión.
Este cambio de percepción de la imagen de la ciudad se hizo especialmente evidente en determinados actos públicos vinculados a la monarquía, los cuales se convirtieron en un pretexto habitual para la construcción de decorados en las calles. Así sucedió con la entrada triunfal de los reyes en las ciudades o con la celebración de bodas y nacimientos, éstos últimos de gran importancia por su carácter de legitimación dinástica. También las festividades religiosas se vieron dignificadas por arquitecturas efímeras; por ejemplo, las procesiones de Semana Santa y del Corpus Christi, las celebraciones por la canonización de nuevos santos, las romerías dedicadas a vírgenes y santos patronos, y el traslado de imágenes devocionales que tenían especial significación.
En estas empresas participaron artistas de primer nivel como Cano, Rizi, Coello, Donoso, Herrera Barnuevo, Murillo y Churriguera, entre otros, quienes ensayaron muy variadas tipologías como arcos, tablados, tabernáculos, pabellones, altares, cobertizos, tribunas, columnatas, castillos, carros triunfales, tarascas, tramoyas, pirámides, pedestales, doseles y otros muchos ornatos que se sobreponían a las fachadas de los edificios, se colgaban de los balcones o se instalaban en puntos focales de las plazas, con una dimensión teatral muy propia del Barroco. Capítulo aparte merecen los catafalcos instalados en las grandes iglesias y catedrales, para permitir la exposición del cuerpo o simplemente rememorar a los personajes ilustres a los que se dedicaban exequias fúnebres. Un ejemplo de este tipo de estructuras es el que aparece en la última imagen, que representa un túmulo construido por Pere Costa en 1746 en la Universidad de Cervera, para honrar los funerales del rey Felipe V. Es importante caer en la cuenta de que estas obras de arte eran el perfecto soporte para el desarrollo de fiestas, torneos, celebraciones laudatorias y espectáculos de todo tipo, que tenían una importancia fundamental en la mentalidad colectiva de todos los grupos sociales del Barroco.
En cuanto a los aspectos técnicos relacionados con la ejecución de estas decoraciones, no parece que fueran fáciles, a tenor de una anécdota que cuenta el tratadista Antonio Palomino sobre los pintores José Antolínez y Francisco Rizi. El primero consideraba una tarea menor y poco digna la pintura al temple de estas obras, mientras que Rizi, que organizaba habitualmente comedias para la Corte, supo castigar la vanidad de Antolínez haciéndole ver la dificultad que entrañaba:

«Pintábase en aquel tiempo mucho al temple, para las mutaciones de las comedias célebres, que se hacían a Sus Majestades en el Buen Retiro: y como Antolínez no concurría a estas funciones, despreciábalas; llamando pintores de paramentos a los que las ejecutaban. Súpolo Rizi, que las gobernaba entonces por orden del Rey; y en una prisa, que se ofreció, dispuso que un Alcalde de Corte le notificase, pena de cien ducados, fuese a pintar al Retiro. Fue el dicho Antolínez, y habiéndole dado Rizi a pintar un lienzo al temple, mandando que nadie le advirtiese nada; estuvo todo el día Antolínez haciendo y deshaciendo, sin entrar ni salir; al cabo de lo cual le dijo Rizi: ¿Ve aquí vuesa merced lo que es pintar paramentos? Anda muchacho (le dijo a un mancebo), y lava ese lienzo en aquel pilón; y así se ejecutó, quedando corrido nuestro Antolínez; corregida, y castigada su vanidad. Porque verdaderamente el pintar bien al temple con yeso, en lugar de blanco, tiene suma dificultad, y más en quien nunca lo ha practicado.»

La importancia que se le dio a este tipo de arte sobrevivió el cambio de dinastía, pues los Borbones mantuvieron los mismos protocolos y repertorios para las fiestas públicas. Así, las arquitecturas efímeras continuaron utilizándose para hacer ostentación del poder político y religioso, aunque evolucionaron estilísticamente por la influencia de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que impuso la progresiva sustitución del Barroco por el Neoclasicismo. Por otro lado, el pensamiento ilustrado convenció a la monarquía de la necesidad de disminuir los grandes fastos religiosos de signo contrarreformista, así que los nuevos eventos adquirieron un carácter más didáctico y trataron de distinguir con más claridad las esferas de lo sagrado y lo profano.

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